La ingenuidad

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La ingenuidad

«Por cierto, cuando se dice que los Prasangika no tienen ninguna posición o punto de vista significa que realmente no creen en ningun punto de vista o posición absoluta y final. No significa que Chandrakirty, por ejemplo, no pueda decir «Soy Chandrakirty y vivo en Nalanda.»…»Muchos maestros Shentong critican a los Madhyamikas Prasangika por su afir­mación de que no tienen ninguna opinión. En opinión de estos maestros, los Prasangikas simplemente esqui­van el tema porque refutan los puntos de vista de todos los demás y luego evitan la refutación de sus propios puntos de vista al afirmar que no tienen ninguno.» (De «Progressive Stages of Meditation on Emptiness», de Khenpo Gyantso Rinpoche)

Más allá de la deshonestidad que se desprende en aceptar las reglas de juego para desconocerlas en el momento arbitrario que se imponga (por cansancio, cálculo o deseo de ventaja), reconocemos en esta actitud algo demasiado común como para solo adjudicarlo a – por ejemplo – los escépticos (en quienes no es muy difícil descubrir el procedimiento – y es quizás en este punto en donde deberíamos concentrarnos, dando un nuevo giro en el aire, para proponer, en esta desnudez en apariencia ingenua, una clave para ser descubierta), porque ahondando solo un poco, nos reconocemos en el mismo acto y – lo que es inclusive más alarmante – de manera permanente, a cada paso desdiciendo el anterior, pero curiosamente, no como el sentido común propo­ne, derivando el fallo a cierta debilidad de la voluntad de algunos (sin duda, el circunscribir el mal a unos pocos, nos libera de reconocerlo inevitable sino en la masividad de un hecho estructural que no deja lugar a la excepción que nos expondría a un agobio insoportable, porque el despliegue en el tiempo forzosamente hace nacer una cosa y su contrario, como si nuestro destino trágico no fuera otra cosa que develar a través del sufrimiento (nadie puede salir ileso de ser, no ser, y volver a ser) la clave de lo Real que solo puede ser mostrada como quizás, pleno de ironía, lo intenta la cándida exposición de quienes, a la manera de un juego de niños, nos muestran lo que a todas luces se escapa de la seriedad de un bien fundado argumento.