

A mitad de camino
«Si consideramos al león como un animal carnívoro y voraz, lo descubriremos fácilmente como muy necesitado, pero si volvemos nuestra mirada a su constitución y temperamento, su agilidad, su valor, sus armas y su fuerza, encontraremos que sus ventajas son proporcionales a sus necesidades.”…”En el hombre solamente, esta conjunción de debilidad y necesidad puede ser observada en su mayor perfección.”…”El remedio, entonces, no es derivado de la naturaleza, sino del artificio, o más propiamente hablando, la naturaleza provee un remedio en el juicio y en el entendimiento, para lo que es irregular e incómodo en los afectos.”…”Observo que será para mi interés dejar al otro en posesión de sus bienes, tomando en cuenta que él actuará de la misma manera con respecto a mí.”… “Después de esta convención, relativa a las posesiones de los otros, inmediatamente surgen las ideas de justicia e injusticia.» (De A Treatise of Human Nature”, Hume)
«Además, el niño no muestra durante mucho tiempo signo ninguno de un instinto gregario o de un sentimiento colectivo. Ambos comienzan a formarse poco a poco en la ‘nursery’, precisamente a título de reacción a la envidia con la que el hijo mayor acoge en un principio la intrusión de un nuevo hermanito.”…”La primera formación reaccional es la de justicia y trato igual para todos.» (De “Psicología de las masas y analisis del yo”, Freud)
«Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable.» (De Fragmentos de un evangelio apócrifo”, Borges)
Algún desconocido y no develado cataclismo desencadena la distopía de la película “El tiempo del lobo” (“Le temps du loup”, de Michael Haneke) en la que el trayecto de la familia Laurent es utilizado para retratar una serie de lo que el espectador debería juzgar como injusticias (el asesinato de George, el padre, por un intruso en su propia casa, déspotas transacciones de sexo por protección, violaciones que desembocan en suicidios, hasta cabras que son degolladas solo por emitir sonidos, etc.), desdibujadas en la anomia generalizada, mitigadas solo en parte por la promesa de un tren que volverá a poner todo en su lugar, como si ese desenfreno del estado de naturaleza fuera gestionando las prolongaciones que emulen las equivalencias con las que nace el león, como si fueran ramificaciones de ese mismo estado sin solución de continuidad, con las convenciones de Hume actuando como prótesis que a la vez impiden un concepto general de justicia, condenada a un contorno siempre local, provinciano y provisorio, del que Freud, una vez más, desea huir apelando a sus narrativas que a su pesar se convierten en mitológicas (todo el desarrollo posterior y sofisticado del psicoanálisis tiene su verdad en lo mismo que rechaza desde la época del traumático cisma de Jung y sus arquetipos), deudor de cierto platonismo que precisa de fundamentos sólidos para que el mundo de las ideas no se esfume como si fueran figuras de humo, protegiéndolas a toda costa de esa construcción trágica e inescrutable que empuja a una aceptación casi pirrónica de acontecimientos que pierden su poder de sublevar, a mitad de camino entre la cobardía y la bienaventuranza.