

Anno Dominies
«Nota – Por tanto vemos que la esencia infinita y la eternidad de Dios son conocidas a todos. Ahora, como todas las cosas están en Dios y son concebidas a través de Dios, podemos desde este conocimiento inferir muchas cosas, que podemos conocer adecuadamente y podemos formar esa tercera clase de conocimiento de la que hablamos en la nota a I XI.”…”Los hombres no tienen un conocimiento claro de Dios como lo tienen de nociones generales, porque no pueden imaginar a Dios como lo hacen con los cuerpos, y también porque han asociado el nombre de Dios con imágenes de cosas que habitualmente ven, como ciertamente apenas pueden evitar, como hombres que son, afectados por cuerpos externos. Muchos errores, en verdad, pueden ser trazados con este título, es decir, que no aplicamos los nombres a las cosas correctamente.» (De «Ethics», B. Spinoza)
«Forever – is composed of Nows –
‘Tis not a different time –
Except for Infiniteness –
And Latitud of Home – /
From this – experienced Here –
Remove the Dates – to These – /
Let Months dissolve in further Months –
And Years – exhale in Years – /
Without Debate – or Pause – /
Or Celebrated Days –
No different Our Years would be
From Anno Dominies» (624, E. Dickinson)
En el lenguaje ideal, pensado como derivación de la lógica como remedio a los putativos devaneos filosóficos inútiles — siguiendo el albur de fundamentar todo en lo irrebatible, como en los intentos (fallidos) de Russell y Whitehead con matemáticas que nunca se han dejado domar —, no hubiera sido posible la astucia del general Makabe (“La fortaleza oculta”, película de A. Kurosawa) para engañar a sus potenciales captores insistiendo en reclamos para que lo empujen de la frontera — su verdadera intención — o a sus circunstanciales socios, los codiciosos Tahei y Matashichi, echándolos para que lo sigan, revelando una ambigüedad cuya erradicación implicaría la total mudez – la princesa Yuki debe fingirla para evitar ser descubierta en la forma misma de sus palabras –, con la impensable consecuencia de impedir la narración del pasado y del porvenir, empeños que se igualan con otros extraordinariamente disímiles en el anhelo del encuentro con la esencia de las cosas, como el marcado contraste entre la mundanidad de la avaricia de los soldados — crucial de todos modos para hacer girar una rueda que excede juicios de valor (sobre el final, sus aparentes miserias son recompensadas, demostrando sus contribuciones a la historia) —, con los movimientos de danza que aparecen en cada pelea, en cada persecución, en cada distribución de los cuerpos, para llegar a la fantástica escena de la fiesta del fuego en la que un éxtasis colectivo resalta cada gesto (copiados maravillosamente por la princesa y su guerrero), desembocando en la canción que hace deslumbrar al presente por fuera de ideales y ya inexistentes nociones comunes, fuera del tiempo, resonando con los inefables Años del Señor.