

Caminos superpuestos
«Lo más lejos que podemos llegar hacia una concepción de los objetos externos, cuando se supone que son específicamente diferentes de nuestra percepción, es formar una idea relativa de ellos, sin pretender comprender los objetos relacionados. En términos generales no las suponemos específicamente diferentes, sino que solo les atribuimos diferentes relaciones, conexiones y duraciones.» (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)
«Trábanse así, en la melancolía, infinitos combates aislados en derredor del objeto, combates en los que el odio y el amor luchan entre sí, el primero para desligar a la libido del objeto, y el segundo para evitarlo. Estos combates aislados se desarrollan en el sistema inconsciente, o sea en el reino de las huellas mnémicas objetivas.» (De “Duelo y melancolía”, por S. Freud)
«Es inútil que duerma. / Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano. / El río me arrebata y soy ese río. / De una materia deleznable fui hecho de misterioso tiempo. / Acaso el manantial está en mí. / Acaso de mi sombra surgen fatales e ilusorios, los días.» (De “Heráclito”, por J.L. Borges)
El endilgarle a Pyrrho de Elis la creación de una escuela es otra maniobra de un dogmatismo que se cuela indéfectiblemente por los intersticios de todo, como una maldición inevitable aún sobre aquellos que en realidad nada han escrito —¿no se empuja a Lao Tze o a Zhuang Tze a fabricar el daoismo, no se lo presiona a Sócrates desde Meletus para que defina su perfil de una vez por todas?—, no como sobreviniente sobre un espacio primario de libertad pura, sino precisamente como el origen de esa abstracción inexistente (de la misma manera que, según Hume, se inventan las nociones de las «cajas vacías» del espacio y el tiempo Newtoniano — también abolidas por la relatividad, que sin embargo lo hace al precio de dar por ciertas las contradicciones intrínsecas de las matemáticas, denunciadas también por Hume, obligando a Kant a revitalizarlas, punto de partida para el credo contemporáneo) que construye la ilusión de una elección (que también, al fin del día, es imposible) que supuestamente se desprende del escepticismo brutal (el que Hume atempera no sin ironía), a saber, la ataraxia (sistematizada inicialmente por Sexto Empírico y pulida en diferentes ramas que ofrecen trascendencia) o el entusiasmo por la acción, salidas parangonadas por Freud justamente en la polarización maniaco-depresiva, desprendimiento de la «normalidad» del duelo, que siguiendo este razonamiento, no es otra cosa que la avidez por ser engañado (solo «Les non dupes errant»), perdiéndose en el tejido de teorías que se encubren en el laberinto del que es imposible recorrer hacia atrás, que evita la posibilidad rechazada de ser un zombie por el que ello pasa a través (denegación que también puede ser un truco aún más siniestro), impidiendo que en algún instante confuso aparezca el goce de los dos caminos superpuestos.