

Cerca de Diógenes
“Cualquiera que pueda encontrar los medios, ya sea por sus servicios, su belleza, o sus halagos, para hacerse útil o agradable para nosotros, tiene asegurado nuestro afecto. Por otro lado, quien nos daña o desagrada nunca deja de provocar nuestra ira u odio. Cuando nuestra propia nación está en guerra con otra, las detestamos bajo el carácter de crueles, pérfidos, injustos y violentos, pero siempre nos consideramos a nosotros mismos y a nuestros aliados como equitativos, moderados y misericordiosos. Si el general de nuestros enemigos tiene éxito, con dificultad le permitimos la figura y el carácter de un hombre: es un hechicero, tiene comunicación con demonios, es sanguinario y disfruta de la muerte y la destrucción. Nuestro comandante es un modelo de virtud, así como de coraje y conducta.”…”su crueldad es un mal inseparable de la guerra. (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)
“Todo estadio evolutivo anterior persiste al lado del posterior surgido de él. El estado anímico anterior pudo no haberse manifestado en muchos años; a pesar de ello subsiste, ya que en cualquier momento puede llegar a ser de nuevo forma expresiva de las fuerzas anímicas.” (De “Consideraciones de actualidad sobre la guerra…”, por S. Freud)
“He visto asimismo a Yahoos que, para llamar a un amigo, se tiraban por el suelo y se revolcaban… Se ocultan para comer o cierran los ojos; lo demás lo hacen a la vista de todas, como los filósofos cínicos.” (De “El informe de Brodie”, por J.L.Borges)
La serie de sucesos extraños de una pequeña aldea se transforman en siniestros en su cercanía al comienzo incipiente de la guerra (película “La cinta blanca” – “Das weiße Band” –, de Michael Haneke), inclinando la interpretación de la cartera trampa que derriba al doctor de su caballo, la horrible muerte de la mujer en su penoso trabajo, la tortura al hijo del Barón, etc., todo esto relatado por Lehrer como espectador, a lo que se suma la represión espantosa de un padre a sus hijos y la abominable e insoportable tortura en palabras del Doctor a su amante, como si el envión de los acontecimientos llamara a la acumulación de un mal monstruoso, que reflota el enigma de su origen, que Freud adjudica a los instintos que se resisten a ser educados, nunca resignados a su eliminación – posición que comparte hasta con Confucio, con su necesidad de memorizar todos los tratados, como quien distrae con una pequeña rama a un tigre hambriento –, punto de anclaje para la definición de su disciplina, mientras Hume – rescatado tácitamente y quizás sin saberlo, por Hannah Arendt y su “banalidad del mal”, igualándolo con una burocracia vacía y aterradora – acude a la simplificación que le otorgan los vaivenes incontrolables de las emociones, volcadas hacia uno y otro lado como si se navegara en un frágil bajel que una implacable tormenta vuelca para un lado y para el otro (las relaciones de su cuadrilátero de ideas e impresiones se multiplican al infinito en los contagios que la simpatía provoca), relegando al mal a un efecto de corte de tiempo y de lugar, trasladando el espanto a una inconsistencia que nos entrega la imagen de nosotros mismos revolcándonos en el fango y más cerca de Diógenes.