

Confucio es Lao Tse
«Lo último que Eckhart quería cultivar en la mente de sus oyentes era la sensación cómoda de que “ahora entendían» lo que era Dios: porque eso, estaba seguro, sería el mayor error e ignorancia de todos»…» Entonces el nos dice que nuestra unión con Dios no es conocimiento sino amor (Sermon V77). Hablando también del nacimiento de Dios en el alma, nos dice que es tanto intelecto (Sermon 23) y no intelecto (Sermon 472), que debe ser identificado con la gracia en un sermon (Sermon V68) y no en otro (Sermon V41). (De «Selected writings», por Meister Eckhart)
Tenemos la tendencia, por buenas razones – principalmente aquellas que soportan el andamiaje de la vida cotidiana (y, como siempre, incluyendo a la ciencia que se resiste a aceptarlo, en su aspiración de diferenciación del sentido común) – a no solo categorizar sino también a personificar los distintos acercamientos a los objetos que llamamos realidad, espíritu, pensamiento, materia, etc (los objetos, lo sabemos, se constituyen históricamente con límites siempre débiles), por ejemplo recalar en Parménides cuando se trata de permanencia o en Heráclito cuando pretendemos fotografiar el cambio o descansar en Confucio si es nuestra intención acentuar los frutos del esfuerzo, las virtudes y el saber o en Lao Tse si queremos defender el Wu Wei (no interferencia 0, la ironía y la contradicción, y resulta ser que la salida a este esquema académico y sistemático no ha podido ser construida por la academia o los sistemas.(¿habrá algo parecido al efecto del Barón que pretendía elevarse tomándose de su propia solapa?), dejándonos solo como alternativa al los místicos, a los que nos negamos a acudir, tratando de diferenciarnos de charlatanes y ocultistas (escribir es el síntoma de la aspiración a la comunicación) aunque de todas maneras aquel terreno plagado de santos, profetas, monjes y maestros, nos previene de cualquier sentimiento de éxito (es famosa la frase «Eso no es» que se adelanta a cualquier respuesta del aprendiz) al tiempo que incluye de forma subrepticia, como no podría ser de otra manera (¿que otra forma que no sea contrabando puede pensarse para conducir la idea ya por siempre destinada a destruirse a sí misma?), casi como un intento de autoengaño, el dejar flotar la contradicción al momento de aseverar un sentido, creando el arte que nos hará llegar, sin prejuicios, a la labilidad de Lao Tse a través de la escritura estricta y laboriosa de Confucio.