

Contingencias duraderas
«… el conocimiento de esta relación (causa-efecto) no es, en cualquier caso, obtenido por razonamiento a priori; sino que surge enteramente desde la experiencia, cuando encontramos que algunos objetos particulares están constantemente unidos entre sí …. «Adán, aunque se suponga que sus facultades racionales eran enteramente perfectas desde el principio, no podría haber deducido por la fluidez y transparencia del agua, que lo sofocaría, o por la luz y el calor del fuego que lo consumiría.”…»Quién afirmará que puede dar la razón última, por qué la leche o el pan es alimento apropiado para un hombre, no para un león o tigre?» (De “An Enquiry concerning human understanding”, por D. Hume)
«Los instintos orgánicos conservadores han recibido cada una de estas forzadas transformaciones del curso vital, conservándolas para la repetición, y tienen que producir de este modo la engañadora impresión de fuerzas que tienden hacia la transformación y el progreso, siendo así que no se proponen más que alcanzar un antiguo fin por caminos tanto antiguos como nuevos.» (De “Más allá del Principio del Placer”, por S. Freud)
En su cosmología cíclica conforme, Penrose ve el fin del universo compuesto por fotones sin espacio ni tiempo, listas para el comienzo de un nuevo ciclo, logrado ya la bajísima entropía, única capaz de dar un nuevo comienzo, llevando a escalas siderales la idea de un retorno eterno, sujeto a una repetición más que eterna (quizás cabría la posibilidad de «ordinalizar» a las eternidades a la manera de los infinitos de Cantor), repitiendo a su vez la avidez que cada capa parece tener por el regreso a su inicio, solo complicada, según Freud, por el estrujamiento que produce todo lo demás, como si la tendencia a permanecer en el estado inaugural fuera desordenada por lo que rodea, como si cada cosa fuera capturada por una avalancha sin agente que genera mecanismos siempre con la vista puesta en el regreso, como si solo existiera un fortuito lanzamiento de dados y un anhelo a persistir en el instante previo, afán a su vez paradójicamente disfrazado de progreso desde uno de los ángulos de la escena, que emplaza a las líneas punteadas con la inevitable arbitrariedad (la misma que obliga a pensar un límite en aquel primer impulso y aquel deseo originario), dibujando una angustiante desorientación, como la de Adán, incapaz de reconocer la relación entre el agua y la sed, dejando abierta la pregunta de la verosimilitud de la cantidad de intentos necesarios para establecerla (se lo ve intentar apagar su sed con un árbol, con fuego, con un animal, etc., hasta llegar a la conexión correcta, tanteos asimilables a la idea de evolución), pero, lo que es más estremecedor, reduciendo el papel de las leyes a contingencias duraderas, retorciéndose a cada paso según el transcurso del alud que va hacia adelante a regañadientes, con la ilusión, en el mejor de los casos y sin saber por qué, apagarse y renacer.