

Corazones rotos
«Por el solo hecho de concebir una cosa que es como nosotros y que no hemos considerado con ninguna emoción, ser afectados con cualquier emoción, estamos nosotros mismos afectados con una emoción similar (affectus). Prueba. – Las imágenes de las cosas son modificaciones del cuerpo humano, cuyas ideas representan cuerpos externos tal como están presentes para nosotros en otras palabras, en la que las ideas implican la naturaleza de nuestro cuerpo y, al mismo tiempo, la naturaleza de los cuerpos externos
tal como están presentes. Por lo tanto, si la naturaleza del cuerpo externo es similar a la naturaleza de nuestro cuerpo, entonces la idea que formamos del cuerpo externo implicará una modificación de nuestro propio cuerpo similar a la modificación del cuerpo externo. En consecuencia, si concebimos a alguien similar a nosotros como afectado por alguna emoción, esta concepción expresará una modificación de nuestro cuerpo similar a esa emoción.» (De «Ethics», B. Spinoza)
«If I can stop one Heart from breaking / I shall not live in vain / If I can ease one Life the Aching / Or cool one Pain / Or help one fainting Robin / Unto his Nest again / I shall not live in Vain.» (919, E. Dickinson)
Un hombre viejo viviendo una atroz y solitaria agonía, después de una vida ingrata plena de engaños y abandonos, un hombre casi santo en su abnegada vida para los demás, confesando el abominable crimen casual de su amor por siempre perdido, una niña condenada a la esclavitud por una crueldad por muchos compartida – cada caso develando una exageración que se diluye cuando se cae en la cuenta de la ubicuidad del martirio que convirtió al Buda en Buda – toda esa avalancha demoledora es demorada en la oreja, en los ojos, en la nariz y en las manos del Dr Niida (película Barba Roja de A. Kurosawa, transformando el paisaje siniestro del que el nuevo Dr Yasumoto pretende escapar, en vibraciones que no dependen de una moral establecida (Barba Roja soborna, agrede, hiere, sin contemplaciones, advirtiendo irónicamente de la inconveniencia de sus actos), ajenas a lecciones, que le confieren al ancho del cono spinoziano que ilumina porciones de sustancia divina, más y más dilatación, como si la atención al conatus compartido por la humanidad (sin duda, privilegiado y condenado por la consciencia que una piedra que quiere seguir siendo piedra, no posee), alumbrara más y más afectos, como si la compasión en espejo (el Dr cuida a la niña y la niña al Dr) fuera la herramienta secreta para plegarse al conteneo de Dios, inundándose en el sufrimiento del otro que es el propio, para ampliar esa ínfima porción de luz opaca que cada uno tiene permitido, como si la abundancia de los afectos – que, como diría Schopenhauer, solo traen dolor – fuera la llave para entender lo que no puede explicarse en salas perfumadas que encogen todo a una expresión que no lastima pero inútil, forzando a la ardua tarea de recoger corazones rotos.