Demasiado humano

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Demasiado humano

«Si las ideas fueran completamente sueltas y desconectadas, solo el azar las uniría; y es imposible que las mismas ideas simples se conviertan regularmente en complejas (como comúnmente lo hacen) sin algún vínculo de unión entre ellas, alguna cualidad asociativa por la cual una idea introduce naturalmente a otra.»…”Pero solo debemos considerarlo como una fuerza que comúnmente prevalece y es la causa por la cual, entre otras cosas, los lenguajes se corresponden tan de cerca entre sí; la naturaleza de alguna manera señalando a todas aquellas ideas simples que son más adecuadas para ser unidas en una compleja. Las cualidades de las que surge esta asociación y por las que la mente es conducida de una idea a otra, son tres: semejanza, contigüidad en tiempo o lugar y causa y efecto. (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)

“El contenido de los sueños se reduce a una única idea mediante la condensación; el deseo se desvía de su objeto original y se dirige a otro, mediante el desplazamiento.» (De “La interpretación de los sueños”, S. Freud).

«De manera general lo que Freud llama condensación en retórica se llama metáfora; lo que llama desplazamiento, es la metonimia.» (De “Seminario 3”, por J. Lacan)

Los qualia han sido por siempre controversiales en su misteriosa aparición, probablemente porque no permiten continuar con el trabajo de reducción imprescindible para entender, frenando una serie que quiere y no quiere terminar (se persigue la teoría del todo al mismo tiempo que se evita, como el aleph que aniquila para igualar con Dios), aunque es evidente que todo sistema que se precie se enfrenta a la elección de un paredón que organice al aquelarre que lo precede, como el conjunto de ideas de Hume agolpadas sin relación a la búsqueda de un lazo que afortunadamente la naturaleza ofrece y que no podría negársele a los animales en general (quedarían pendientes postulaciones más aventuradas sobre vegetales, minerales, partículas — cercanas a un panpsiquismo que no puede ser desechado a priori, como cualquier otra cosa) que sin duda, desde la perspectiva empírica, despliegan memoria de ideas más o menos desdibujadas — y Pavlov es un ejemplo brutal — asombrosamente sin la intervención del lenguaje (ausencia que también tiene su flanco controversial, aunque se debe decidir por algo), que introduce nuevas incógnitas acerca de sus soportes (surcos cerebrales que reavivarían la disputa acerca de las localizaciones de la consciencia en el hardware de la IA?), que encuentran un sitio privilegiado en las palabras que ahora no son las únicas que conducen a la mente, poniendo al descubierto un nuevo reduccionismo inesperado en definir al inconsciente como lenguaje (por otra parte, una hábil maniobra para mezclar a Saussure en todo esto y simplificar así la nosología psiquiátrica y expandir el psicoanálisis a la psicosis, el límite de Freud), reduciendo en dos pasos la riqueza de la semejanza y la contigüidad a las ya demasiado humanas metáfora y metonimia.