El abandono de la metáfora

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El abandono de la metáfora

«Por lo tanto, en lugar de decir que las relaciones entre los hechos han generado las leyes del pensa­miento, también puedo afirmar que es la forma del pensamiento la que ha determinado la forma de los hechos sercibidos, y en consecuencia, sus rela­ciones entre ellos: las dos formas de expresarse son equivalentes; dicen en el fondo lo mismo.»…»Porque un verdadero evolucionismo se propondría descubrir por cuál modus vivendi, obtenido gradualmente, el intelecto ha adoptado su plan de estructura y la materia su modo de subdivisión. Esta estructura y esta subdivisión trabajan entre sí; son mutuamente complementarias; ellas deben haber progresado una con la otra.» (De «Henry Bergson Premium Collection»).

Los dos ámbitos separados vuelven a dar problemas (no es la excepción) cuando se enfrentan con Darwin y la evolución ciega – recordemos la negación a reconocer al ojo apareciendo en diferentes ramas como producto de un deambular ajeno a la finali­dad, incorporando al flujo subterráneo de la vida para que de cuenta de una necesidad inefable que se expresa de la misma forma en áreas separadas por aparentes abismos – generando nuevas sorprendentes hipótesis en cada encrucijada (quizás sea la obstinación de mantener una primera intuición, como si fuera un axioma personal escondido y arbitrario -¿no lo son al final de cuentas, todas las intuiciones y todos los axiomas? -, contra viento y marea, el nacimiento de toda filosofía que aspira a sistema), profundizando cada vez de mane­ra más bizarra (como si al principio se apelara a la elegancia a las buenas maneras y gradualmen­te se fuera perdiendo la compostura, en la medida en que nos vamos reconociendo cada vez más desfigurados, como si quisiéramos a los golpes recomponer el espejo que nos devuelve nuestra propia deformidad) lo que al principio era desapercibido por ser solo insinuación, como el intento ya desesperado de encontrar el puen­te entre la vida que va para arriba y la materia que va para abajo y la contrapesa, achacándole al enemigo la carga de la prueba, tratando de imponerle en que consistiría su priopia verdad (¿hay algo más autoritario que postular lo que el otro debe ser en esencia?), con el propósito de arrastrarlo a la propia impotencia, empeño fallido que desnuda, una vez más aquello a lo que el pensamiento (y acá in­cluimos desde el arte hasta la física) nos tiene destina­do cuando pretendemos despegarnos de la humildad y el esplendor de la metáfora.