El abismo del lo real

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El abismo de lo real

«Si eres un científico crees que es bueno descubrir cómo el mundo funciona; que es bueno descubrir que realidades son; que es bueno transferir a la humanidad en general el mayor poder posible para controlar el mundo. … » La ciencia como institución – «ciencia organizada» – estaba clasificada en segundo lugar sólo después del ejército como garante de lo que se denominaba seguridad nacional. «..» A medida que los físicos comenzaban a pronunciarse sobre el gobierno del mundo y el control de las armas nucleares, un ejército de clérigos, directores de fundaciones y congresistas , ahora hacían la misión y la moralidad de la ciencia parte de su repertorio de conferencias.» (De «Genius: The life.. of R.Feynman», por J. Gleick)

Es sorprendente que no solo a alguien se le haya ocurrido espetar la idea del «eslabón perdido» sino que haya tenido una inesperada difusión popular, estupor que solo es mitigado cuando se piensa en la avidez por la continuidad que lo humano despliega, pretendiendo llenar potenciales vanos (al fin y al ca no nuestra construcción de lo real espeja nuestro diseño de ser en el mundo que se refleja en la misma putativa pristina matemática que bajo su pretendida pureza – heredada de una lectura de Platón – no puede menos que plagiarnos) que contagian a ecuaciones y a nuestro ser en el mundo, que distorsionan con una tendencia impersonal, la misma embestida darwinista (probablemente la que ciega en su evidencia que abjura de continuidades en saltos casi cuánticos que vacían el entredos, provocando el terror de lo impredecible que debe ser domesticado (ayudado sin duda por la aparente docilidad de la naturaleza que siempre reacciona en las cercanías de lo previsto en apropiadamente estrechas cotidianas líneas punteadas), llenando con relatos los huecos insoportables, racionalizando  la historia, sin admitir el gradual perfilamiento de prácticas, disciplinas y saberes que Foucault supo entrever (aunque a pesar de su deliberada rebeldía, no pudo desprenderse de aquella infausta regla, haciendo regir principios-leyes capaces de juntar el mismísimo desorden – y acá vemos lucir espléndido el fallo de su intento de perder la cara o de la eliminación del autor que él mismo no puede dejar de ser) que van tomando forma insensiblemente, sin conducción, ajena a una lógica conservadora gue pretende legislar haci atrás y hacia adelante, confundiendo a propósito pero sin siquiera saberlo, el descubrimiento de cómo funciona la perseverancia del mundo con el abismo de lo real.