El acecho

Screenshot
Screenshot

El acecho

«Pero en lugar de esta deducción del principio moral tan buscada en vano, se encontró algo que resultó ser completamente inesperado, a saber, que este principio moral sirve en cambio como el principio de la deducción de una facultad inescrutable, que ninguna experiencia podría probar, pero de la que la razón especulativa fue obligada al menos a asumir la posibilidad (para poder encontrar entre sus ideas cosmológicas lo incondicionado en la cadena de causalidad y así no contradecirse a sí misma). Me refiero a la facultad de la libertad…La ley moral es de hecho una ley de causalidad de agentes libres, y por lo tanto, de la posibilidad de un sistema supersensible de la naturaleza, tal como la ley metafísica de los eventos en el mundo de los sentidos era una ley de causalidad del sistema sensible de la naturaleza.» (De “The Critique of Practical Reason”, por I. Kant)

«… en ausencia de un contenido tomamos uno diferente, que parece más o menos encajar como un sustituto, al igual que nuestra policía, si no puede atrapar al verdadero asesino, arrestará a la persona equivocada en su lugar.”…”el desgaste al que toda consciencia está sujeta, mientras que el inconsciente permanece relativamente inmodificado.»  (De “The Ratman” por S. Freud)

La carrera alocada por el fundamento parece sentar las bases del espacio de razones que actúa como un conjunto que por razones estructurales, no es capaz de autoreferenciarse (Russell, Turing, Gödel, etc), girando en círculos para olvidarse de sí mismo, hasta que la sustitución contínua se torna insostenible y aburrida (sopor que se disimula en la capacidad policial de infinitas combinaciones, que también es útil para forzar la sensación de que es posible encontrar al original en aquel espacio que no puede contenerlo), obligando a pensar el afuera en la forma Kantiana de lo suprasensible sin roce con este mundo, conectado (y siempre el problema es el pasaje lo que impulsa a las creaciones de los túneles más diversos de los que ni la filosofía ni la ciencia — particularmente la física — están exentos) por cierta analogía, como si fuera un ordinal de orden superior al ámbito mundano, que se frena sin proliferar, en la libertad como el último eslabón — reemplazando a Dios como moviente no movido — dibujando detrás de todo una suerte de eternidad, ajena a la historia, que Freud intenta rescatar en su Pompeya imaginaria, concediendo al inconsciente dos cualidades opuestas: una, la de tener un origen y la otra, la de ser inmodificable, dilema que también intentará ser resuelto por una escena primordial que, a su pesar, se torna arquetípico, por fuera también del curso de los eventos, dando cuenta del talón de Aquiles del psicoanálisis clínico, a saber, su carácter de interminable, poniendo en duda con honestidad brutal lo que todas las terapias se empeñan en enfatizar, la cura, cuestión que inesperadamente lo entremezcla con la filosofía, en la inutilidad a la que ambos se exponen, asumiendo heroicamente un fondo que a pesar de no tener chances de aparecer, sigue acechando.