

El afuera inevitable
«La relevancia debe expresar un hecho de «estar junto» en la constitución formal de una actualidad no-temporal. Pero por el principio de relatividad solo puede haber una realidad no-derivada, no limitada por sus pretensiones del mundo real. Tal «superject» primordial de la creatividad logra, en su unidad de satisfacción, la valoración conceptual completa de todos los objetos eternos. Este es el ajuste final y básico del «estar juntos» de los objetos eternos de los que depende el orden creativo. Es el ajuste conceptual de todos los apetitos en forma de aversiones y adversiones. Constituye el significado de relevancia. Su status como un hecho eficiente real se reconoce al denominarlo la «naturaleza primordial de Dios». (De «Process and Reality», por A. N. Whitehead)
El “principio antrópico» en física dirige la mirada hacia la improbabilidad extrema de nuestra existencia, dependiendo de una sintonía fina que provocaría la destrucción absoluta de nuestro universo con la sola modificación de un decimal en la millonésima de una de las variables que medimos (constante cosmológica, masa de partículas etc, etc), azar impensable que también diera lugar a las teorías – más cercanas a la ciencia ficción – como los «muchos mundos» o los Multiversos, propuestas radicalmente estúpidas destinadas a charlas TED de físicos que han encontrado la forma de enriquecerse alentados por la curiosidad sin esfuerzo similar a la que nos exige Star Wars, porque el “fine-tuning» no solo da cuenta de un prodigio sino que nos alerta, siempre que estemos dispuestos, acerca de nuestra posición como expresión de esa concrescencia de variables, con la única chance de pensarlo (o lo que sea) todo a través de lo mismo que nos hace posible, haciendo inválida cualquier especulación que nos saque del hoyo en el que estamos, callejón sin salida que creemos advertir en la indeseada partición en dos que Whitehead se ve obligado a recorrer, después de intentar erigirse como el defensor del flujo sobre la permanencia, acudiendo a esa realidad no-derivada, ajena a las prehensiones que desenvuelven la vida, que parece precisar de algún manantial inagotable y eterno para explicar la novedad, apelando a esos ajustes necesarios de los objetos eternos para que Dios, una vez. mas, nos regale sus leyes – no es necesario bucear demasiado en los sistemas filosóficos para encontrar una y otra vez, después de más o menos resistencia, la súplica trascendente para sostener el edificio que tambalea -, dando testimonio una vez mas del absurdo albur que apuesta por una autosuficiencia para abolir la inescapable interrelación que aún en los momentos que parecen clausurarlo todo, aparece invencible en un nuevo y radiante afuera.