El aroma desprendido

Screenshot
Screenshot

El aroma desprendido

«La profecía realmente incluye el conocimiento ordinario; porque el conocimiento que adquirimos por nuestras facultades depende del conocimiento de Dios y de Sus leyes eternas; pero el conocimiento ordinario es común a todos los hombres como hombres y se basa en fundamentos que todos comparten, mientras que la multitud siempre busca rarezas y excepciones y piensa poco en los dones de la naturaleza; de modo que, cuando se habla de profecía no se supone que se incluya el conocimiento común. Sin embargo, tiene tanto derecho como cualquier otro a ser llamada Divina, porque la naturaleza de Dios en la medida en que la compartimos y las leyes de Dios nos lo dictan, tampoco sufre de aquello a lo que damos la preeminencia, excepto en tanto que esta última trascienda sus límites y no pueda explicarse por las leyes naturales tomadas en sí mismas». (De «A Theologico-Political Treatise», B. Spinoza)

«This was a Poet / It is That / Distills amazing sense / From ordinary Meanings – And Attar so immense / From the familiar species that perished by the Door – We wonder it was not Ourselves Arrested it – before – / Of Pictures, the Discloser – / The Poet – it is He – / Entitles Us – by Contrast – To ceaseless Poverty» (448, Emily Dickinson)

«Este fue un Poeta / Es Eso / Destila un sentido asombroso / De Significados ordinarios / Y un Perfume tan inmenso / De las especies Familiares / Que perecieron junto a la Puerta / Nos preguntamos cómo no fuimos Nosotros / Quienes lo detuvimos antes / De Imágenes, el Revelador / El Poeta es Él / Nos condena, por Contraste, a una pobreza incesante».

Monterone, en su impotencia, ante el avasallamiento del Duque, secundado por su bufón Rigoletto («Rigoletto», ópera de Verdi), lanza una maldición que recorre cada rincón del cuerpo de Rigoletto, hasta el punto de reemplazar su sentido común en una inútil paranoia, incapaz de proteger a su hija, que cree defender con planes que lo hacen cómplice de su propio secuestro y deshonra, duplicando el efecto de su propia vida, adicto a un poder que le da la seguridad de su perseverancia en el ser a costa de una complicidad de la que es ciego y que pretende ocultar hasta de su amada hija, como si fuera posible escapar de su Karma tejido a lo largo de su historia, que se ríe de los inválidos y de los abusados, sin darse cuenta que es esa misma urdimbre la que lo hace vulnerable a las maravillas de las maldiciones que no son otra cosa que las consecuencias de las leyes de hierro que nadie puede torcer (su venganza termina afirmando lo que se proponía evitar), dando un nuevo giro a un potencial «Wu-Wei» (la «no interferencia» en el Camino de Zhuangzi) que más allá de prescribir la No-Acción, nos revela aquí su costado más racional al declarar a cualquier acción como una superstición más, imposibilitada de la visión instantánea y completa de la cadena que lleva al presente y a preparar el futuro, la mirada de Dios, cuya búsqueda desviada tiene sus ejemplos en el fetichismo y en la Religión, verdaderos obstáculos para Spinoza que impiden lo que, a pesar de su rareza y dificultad, es conseguible, probablemente, sin su permiso, en la involucración del Poeta, que atiende a la inclinación a lo maravilloso, desprendiéndolo de todo, como si extrajera el aroma de una flor de cada cosa.