El atisbo de libertad

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El atisbo de libertad

«Pero él [el hombre] no es completamente un animal para ser indiferente a lo que la razón dice por su propia cuenta, y usarla solo meramente como un instrumento para la satisfacción de sus deseos como un ser sensible. Porque la posesión de razón no elevaría su valor sobre el de los brutos, si es servirlo solo por el mismo propósito que el instinto sirve en ellos; en ese caso sería solo un particular método que la naturaleza hubiera utilizado para equipar al hombre para los mismos fines para los cuales ha calificado a los brutos, sin calificarlo a él para ningún propósito más elevado.» (De «The Critique of Practical Reason» por I. Kant)

«Porque él (el paciente que sufre neurosis obsesivo-compulsivas) sabe, tanto como no los ha olvidado, sus traumas, pero no lo sabe, porque no ve su significancia.”…”Hay un cierto sentido en el cual los meseros que acostumbraban a esperar al filósofo Schopenhauer en el restaurante que frecuentaba lo ‘conocían’ en el tiempo cuando no era conocido en Frankfurt o afuera, pero ellos no lo conocían en el sentido que hablamos hoy acerca de ‘conocimiento de Schopenhauer’.» (De «The Ratman», por J. Freud)

Es posible, aún en momentos en donde el paradigma es tan potente que obliga a la sumisión sin que siquiera nos demos cuenta, desafiar a la teoría de la evolución (y en tiempos de Kant probablemente aún más, teniendo en cuenta que estaba recién en gestación la meseta de un saber que se extenderá casi sin excepción a toda disciplina), pero lo que sorprende (y debería alarmar a los que se respaldan en la solidez de cualquier sistema) es que todo el edificio kantiano de su ley moral se sostiene en la arbitraria suposición acerca de la «correcta» función de la razón que — no sabemos por qué — debería haber sido generada — no sabemos por qué diseñador — para apartarnos de los brutos (que a la vez opera por debajo una cuota peligrosa de discriminación entre los humanos mismos) y sus instintos completamente absortos en la supervivencia, haciendo pender literalmente de un hilo milagroso el forzamiento de la ley moral universal impuesta por la razón práctica y todas sus consecuencias, obligando a olvidar rápidamente el párrafo para seguir con la construcción que no admite reconocer flotar en el aire (Kant mismo parece reconocer el problema más adelante, apelando a la suavidad de un «como si» que tampoco puede evitar la caída, instaurando fines que manchan la pureza de su ley), mostrando la desesperación por el punto de almohadillado que Freud intenta resolver en el plegado del saber y el no-saber que permite fijar significados en las obsesiones compulsivas simplemente recorriendo la superficie a la vista, que, aunque con un método distinto al que la histeria permite (en la histeria lo reprimido está oculto en el cuerpo), remite a un objetivo por todos perseguido, a saber, encontrar la exaptación que por algunos efímeros instantes ha sido un atisbo de libertad.