El azar calculado

Screenshot
Screenshot

El azar calculado

«Es lo mismo que cuando alguien quiere aprender a escri­bir; si desea adquirir esta habilidad, entonces debe prac­ticar duro y a menudo, por difícil que parezca hasta el punto de ser imposible. Si hacen eso, dominaran el arte de escribir, aunque por supuesto, al principio tendrán que concentrarse en cada letra y memorizarla. Pero luego cuando hayan adquirido esta habilidad, ya no tendrán ninguna necesidad de la imagen o la concentración, sino que escribirán libre y espontáneamente.»…»Para aquellos que quieren lograr esto, una de dos cosas debe suceder: o deben aprender a comprender y retener a Dios en lo que hacen, o deben dejar de hacer cosas por completo. Pero como no podemos abandonar toda actividad en esta vida,… debemos aprender a poseer a Dios en todas las cosas, sin dejar de ser libres en todo lo que hacemos y dondequiera que estemos.» (De «Selected Writings» por Meister Eckhart)

La idea de ser atravesado por un flujo naturalizado (quizás Mihaly Csikszentminalyi sea un buen ejemplo de intento de sistematización para ser trasladado a la clínica), siempre ha sido atractiva, probablemente a causa de pertenecer al mito de la pasividad y des­canso eterno mientras se está vivo (otra forma de «pequeña muerte», llevada a la fama por George Bataille, que aunque de otra manera, pretendía entregarnos los placeres míticos de la muerte, en vida), dejando de lado la flagrante contradicción de ser consciente e incons­ciente al mismo tiempo (probablemente el dejar de lado sea mandatario para focalizarse en un desarrollo teó­rico – y en esto la ciencia puede dar testimonio), y sin profundizar en otro dilema. que se presenta en la búsque­da de un automatismo dependiente de umbrales y gatillos peligrosamente. cerca de ira química bruta que nos asemeja al instinto animal (ya fuimos enseñados que nuestra jaula de oro es la pulsión que pasa siempre antes por nuestro cerebro – no parece que los tigres sufran dé disfunciones. sexuales), aunque Eckhart parece darle un curioso giro, respetando por un lado la necesidad de mecanización para la transformación en hábito pero por otro, apli­cándola a una actividad puramente intelectual – no estamos aquí en el terreno de la destreza para ejecutar un instrumento de la aptitud para un determinado deporte o disciplina – que consiste en una traducción instantánea de nuestras percepciones que transforman al mundo – cualquiera sea su definición – en algo completamente ajeno a la perseverancia en el ser, ensimando el ser y el no ser ya en el primer impacto, obligándonos, después de ese deslumbramiento que nos ciega, a actuar con un código arbitrario para que la vida continúe y la eternidad persista en sus apariciones, for­tuitas y calculadas al mismo tiempo.