

El azul escarlata
“Pero como se supone que la misma palabra ha sido frecuentemente aplicada a otros individuos que son diferentes en muchos aspectos de esa idea que está inmediatamente presente en la mente; la palabra no siendo capaz de revivir la idea de todos estos individuos, pero solamente toca el alma, si se me permite decirlo así, y revive esa costumbre que hemos adquirido al examinarlos. Ellos no están realmente y de hecho presentes en la mente, sino solo en potencia.”… “Azul y Verde son ideas simples diferentes, pero se asemejan más que el azul y el escarlata”…”Estas admiten infinitas semejanzas en la apariencia general y comparación sin tener circunstancias comunes. Y de esto podemos estar seguros incluso a partir de los términos abstractos mismos de “idea simple”. Ellos comprenden todas las ideas simples bajo ellas.”…“Tan arraigada está la costumbre que la misma idea puede estar ligada a varias palabras diferentes, y puede ser empleada en diferentes razonamientos, sin ningún peligro de error.” (De “A Treatise of Human Nature”, por D. Hume)
“Se puede proceder: a) cronológicamente… iniciar la labor interpretativa con un determinado elemento del sueño… b) prescindir del contenido manifiesto… c) renunciar a todo precepto.” (De “Observaciones sobre Teoría y Práctica de la Interpretación Onírica”, por S. Freud)
En la película El desprecio (Le mépris), Godard provoca un deslizamiento constante de emociones sobre la superficie escenificada por la Odisea — cualquier otra mitología podría haber hecho el mismo trabajo —, en un determinismo trágico que solo se suaviza en la aparición de ritornellos que Camille repite, en el albur de algún escape de las cadenas que irónicamente subyacen en una aparente libertad, como si cualquier elección de salida del laberinto desembocara ineludiblemente en el mismo lugar, en la sensación de claustrofobia a cielo abierto, donde las infinitas semejanzas potenciales que Hume describe, llevadas a su extremo, unen todo con todo, develando desde un nuevo ángulo la inevitabilidad de las categorizaciones (en la enciclopedia china de Borges: “Los animales se dividen en a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j.k.).m)…”), que proliferan en la misma medida en que todo parece decir lo mismo, sin importar los cauces que inexorablemente repetirán leyes escondidas que más vale abandonar (“Nada es más necesario para un verdadero filósofo que refrenar el deseo intemperante de investigar las causas…”, dice Hume, para darse por satisfecho con las impresiones y sus cualidades), fenómeno del que Freud se apropia, haciendo uso de la idea de que “ello” va a aparecer cualquiera sea el procedimiento (y sin duda su enumeración nos recuerda a la enciclopedia), una nueva razón para desalojarlo de la putativa seriedad del método científico, inclinándolo hacia la postulación de un arte como cualquier otro, emparentado con todos los demás en su alerta negligente (pintura, música, escritura, etc.), siempre a la expectativa del surgimiento de lo que inesperadamente es capaz hasta de hacer que el azul sea escarlata.