

El balance innecesario
«Ellos corren con sus ojos sobre la pelota, de manera que sus propios movimientos cancelan cualquier cambio aparente en la aceleración de la pelota en su vuelo.”…» Esta es una muy robusta estrategia que automáticamente compensa por desviaciones inesperadas que podrían ser causadas por una repentina ráfaga de viento, dado que inmediatamente causará nuevas y más grandes errores de predicción que reclutarán cualquier movimiento necesario para contrarrestar.»…”La tarea escondida de todo ese entrenamiento… es permitir a nuestros cerebros predecir (a través de una cascada que a menudo empieza con un objetivo o meta de muy alto nivel) las muchas consecuencias sensoriales sutiles del despliegue de una acción exitosa»…»Las buenas noticias es que los problemas de control difíciles, de esta forma, pueden ser resueltos simplemente aprendiendo a predecir qué veríamos y sentiríamos si fuéramos a lograr las cosas correctas.» (De «The Experience Machine,» por A. Clark)
Para eludir a Zenón no alcanza con postulaciones matemáticas que aseguran que las series infinitas convergen en valores finitos, tratando de convencer a Aquiles de sus posibilidades de alcanzar a la tortuga – al fin y al cabo no deja de ser una conveniente selección de potenciales álgebras que ayudan en algunos problemas y fracasan en otros, desembocando en ámbitos cerrados, cada uno con soluciones que no pueden compartir -, bien sabido por Bergson (y compartido por Hegel y Whitehead) que veía en lo indiviso del movimiento el secreto del acertijo, derivando toda disección a la necesidad de manipulación (y no estamos en presencia de dos reinos separados, con derivas éticas que no merecen demasiada atención), que no deja de pertenecer a esa lava que se desenrolla – abjurar del calculo es caer una vez más en la dicotomía estéril y sin salida de verdad aparente y verdad ultima, encimadas e indistinguibles –, pero que muestra su torpeza para encontrar fluidez, en la pretensión de hacer emanar espontaneidad de un diálogo entre contadores balanceando presupuestos (no puede menos que venir al recuerdo el tan criticado homúnculo cartesiano, con su recurrencia al infinito – siempre hará falta otro juez que juzgue el juicio, con el riesgo de otorgar arbitrariamente una autonomía casi pansiquica en uno de los niveles de la pila), como si el pincel, la pluma o cualquier gesto (no hay jerarquías a la hora de desprender arte), tuviera que encimarse a un estado correcto a priori (se podria predecir el lugar «adecuado» en donde la particula va a impactar la pantalla?) que desaloja lo inesperado, convirtiendo al error en punto de partida de una serie de aburridos ajustes de lo que todavía no existe.