El barro

Screenshot
Screenshot

El barro

«Es muy raro que los hombres relaten un suceso simplemente tal como ocurrió sin añadir ningún elemento de su propio juicio. Cuando ven u oyen algo nuevo están tan ocupados en sus propias opiniones preconcebidas, a menos que estén estrictamente en guardia, que perciben algo muy diferente de los simples hechos que ven u oyen, especialmente si esos hechos superan la comprensión del espectador o del oyente y, sobre todo, si está interesado en que sucedan de una manera determinada.”…”En la época de Josué, los hebreos tenían la opinión corriente de que el sol se mueve con un movimiento diario y que la tierra permanece en reposo; a esta opinión preconcebida adaptaron el milagro que ocurrió durante su batalla contra los cinco reyes. No se limitaron a relatar que ese día fue más largo que lo habitual, sino que afirmaron que el sol y la luna se detuvieron o dejaron de moverse … Así en parte por motivos religiosos y en parte por opiniones preconcebidas, concibieron y relacionaron el suceso como algo muy diferente de lo que realmente ocurrió … muchas cosas se narran en las Escrituras como reales, y se creía que eran reales, pero que de hecho eran solo simbólicas e imaginarias.» (De “A Theologico-Political Treatise”, B. Spinoza)

«A letter is a joy of Earth – It is denied the Gods -» (1639, E. Dickinson)

«Una carta es una alegría de la Tierra – Le es negada a los Dioses»

Si la letra llega o no a destino, es un problema para la teoría de la comunicación, que define a un mensaje de manera clara y distinta, con la obligación de llegar intacto de una puerta a otra, empeñándose en “limpiar” a las letras de toda impureza (propósito de todo lenguaje ideal), arriesgándose a quedarse con nada en las manos, una vez que se le sustrae la intención del remitente, la época en la que escribe con su paradigma científico, y lo que ensucia aún más el proceso, los anhelos del receptor (Kahneman teorizó sobre estos desvíos que el limitado foco de la razón provoca) que deforma el contenido de acuerdo a sus condicionamientos, dando como resultado una imposibilidad manifiesta de conducir ideas, como si el propósito del mensaje fuera esa misma a priori indeseada deformación, convertida en el clinamen que siempre envuelve a toda obra, con soportes más o menos flexibles, capaces de mostrar el movimiento de un torbellino que permite a Pierre Menard escribir el Quijote sobre la base de las mismas letras de Cervantes, soportes que permiten su manipulación con más o menos comodidad (aunque tampoco acá hay jerarquías y solo intuición que se despliega, como Dupin en “La carta demorada” es capaz de leer entre las líneas para conocer el lugar de su escondite) y quizás el cine, con la variedad de recursos que dispone (profundidad de lentes esféricos, widescreen, planos, secuencias, flashbacks, flashforwards, etc.) parezca estar en ventaja, aunque la universalidad de la suciedad de un mensaje que nunca llega permite lo que los Dioses, por su claridad, tienen vedado: la alegría de lo que llega en su deformidad natural que a esta altura aparece como una bendición, capaz de alcanzar el sub specie aeternitatis que solo se entrega en el barro.