El bosón de Higgs

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El bosón de Higgs

«Los volúmenes instantáneos en el espacio instantáneo que son los ideales de nuestra percepción sensorial son volúmenes como elementos-abstractivos. Lo que realmente percibimos con todos nuestros esfuerzos después de la exactitud son pequeños eventos lo suficien­temente lejos de algún set abstractivo que pertenece al volumen como un elemento-abstractivo. Es difícil saber cuan lejos nos acercamos a cualquier percepción de sóli­dos vagabundos.»…»Si la teoría de la gravitación de Einstein tiene alguna verdad, los sólidos vagabundos son de gran importancia en la ciencia. Todo el límite de un evento finito puede ser visto como un ejemplo particulae de un sólido vagabundo como locus. Su propiedad parti­cular de estar cerrado impide que se pueda definir como un elemento-abstractivo.» (De «The Concept of Nature», por A. Whitehead)

Fotografiar lo que se mueve incesantemente parece ser el desafío con el que nos enfrentamos, definiendo los «sólidos» como esos espacios compartidos entre eventos, arbitrariamente definidos en los corsets que imponen los conjuntos de abstracciones que mutan sin fin (por supuesto, vistos desde nuestras percepciones conscientes que tienen su paralelo en las transformaciones instinti­vas o ecosistémicas en la naturaleza no humana), conformando esos «sólidos vagabundos» capaces de convertir lo que vemos otra vez en otra cosa (¿no cambió nuestra idea del universo con la relatividad?) y aunque está claro la potencial influencia que esos novedosos sets abstractivos cuya creación es res­ponsabilidad de la metafísica (Deleuze lo dejará en manos de la filosofía, acotado a la formación de con­ceptos, cuya tarea aislada parece aún más aventurada – aunque nos inclinemos por el abordaje mas holístico de conjuntos abstractivos, sigue siendo problemática la secuencia de las mutaciones (quizá habría algún paralelo con la evolución Darwinista, ciega y llegando a algún puerto insensiblemente, con posibilidad de explicación aprez-coupe)), pueden te­ner en redefiniciones que le serán útiles a la cien­cia para enfocar su dirección (por ejemplo, la búsque­da de la computación cuántica a partir de las ecua­ciones de Schrodinger y del colapso de la función), nos in­vade la duda cuando esperamos el mismo efecto en nuestra vida diaria, dramáticamente parecida a los que vivieron antes de que le diéramos existencia al Bosón de Higgs