

El caballo
“Supongamos un niño imaginando un caballo sin percibir nada más. En tanto esta imaginación implica la existencia del caballo y el niño no percibe nada que excluiría la existencia del caballo, él necesariamente considerará al caballo como presente; no será capaz de dudar de su existencia, aunque no esté seguro de ello. Tenemos una experiencia diaria de tal estado de cosas en los sueños; y no supongo que haya alguien que mantuviera que, mientras está soñando, él tiene el poder libre de suspender su juicio respecto a las cosas en su sueño y provocar que él no debería soñar con aquellas cosas, que él sueña que él ve; sin embargo sucede que incluso en sueños suspendemos nuestro juicio, es decir, cuando soñamos que estamos soñando.” (De “Ethics”, B. Spinoza)
“We paused before a House that seemed / A Swelling of the Ground – / The Roof was scarcely visible – / The Cornice – in the Ground – / Since then – ’tis Centuries – and yet / Feels shorter than the Day / I first surmised the Horses’ Heads / Were toward Eternity.” (712, E. Dickinson)
Las nubes tormentosas preanuncian tragedias (“El perro rabioso”, película A. Kurosawa), como si las imágenes se contagiaran entre sí afirmándose a sí mismas en un ancho cada vez más abarcador (que recuerda la propagación en los cuerpos de dudosos recuerdos olvidados, en la forma de parálisis diversas que Freud extendió a la materialidad de las palabras, proceso por fuera de toda razón y del que solo interesa lo que se percibe, más acá de su certeza), dando lugar a ideas emblemáticas (los pañuelos en cada escena para secar el sudor de un calor agobiante, la búsqueda de una persona en un estadio de 50.000 personas, etc.) que toman vida propia y piden por repetición (replicadas en películas posteriores, insistiendo), dueñas de una fuerza tal que enferma al detective Murakami, aferrándose a su responsabilidad por las muertes que causa el arma que le robaron, convicción imposible de erradicar mediante finos razonamientos ajenos o propios, conformando el horror de estar inmersos en golpeteos indominables que abarcan ignotos procesos neuronales, ni siquiera corregibles por la esperanza spinociana (que en la imaginación y en las nociones comunes conserva un espacio que más adelante se cerrará) de la geometría, que adolece de la misma reflexividad de los sueños (el “Yo miento” se aplica a los sistemas), empujando a ZhuangZi a que confiese la inutilidad de su conversión a mariposa y luego a ZhuangZi y luego a mariposa, cuando súbitamente, luego de la pasividad y de la inercia, un ritmo aparece por detrás, como si un hilado previo de una ineptitud manifiesta fuera necesario para hacer correr un fantasma subterráneo, a la manera de un ritmo tenaz de un poema que solo se advierte al prestar atención al murmullo que parece estorbar al mensaje claro y distinto, invirtiendo el protagonismo para que el caballo imaginado por el niño se dirija a la eternidad.