

El carro adelante
«Así vemos que la mente puede sufrir muchos cambios y puede pasar a veces a un estado de mayor perfección, a veces a un estado de menor perfección. Estos estados pasivos de transición nos explican las emociones de placer y dolor. Por lo tanto, en las siguientes proposiciones, por placer me referiré a un estado pasivo en el que la mente alcanza una perfección mayor. Por dolor me referiré a un estado pasivo en el que la mente pasa a una perfección menor. Además, la emoción del placer, en relación con el cuerpo y la mente juntos, la llamaré estimulación (titillatio) o alegría (hilaritas), y a la emoción del dolor en la misma relación la llamaré sufrimiento o melancolía.»…»Mientras el cuerpo humano se vea afectado de una manera que implique la naturaleza de cualquier cuerpo externo, la mente humana considerará ese cuerpo externo como presente y en consecuencia, mientras la mente humana considere que un cuerpo externo está presente, es decir, lo conciba, el cuerpo humano se ve afectado de una manera que implica la naturaleza de dicho cuerpo externo.» (De “Ethics”, B. Spinoza)»
“ ‘Hope’ is the thing with feathers –
That perches in the soul –
And sings the tune without the words –
And never stops – at all. (254, Dickinson)
Mucho se ha dicho sobre el reduccionismo (palabra cuya moda denuncia una ubicuidad que amenaza escondida a quien la pronuncia) freudiano, con ejemplos destacados como Juanito, atascado por el dispositivo edípico que todo su entorno le aplica (y la acusación de sugestión de la que Freud se empeña en defenderse es otra de las palabras-estiletes de las que no se tiene consciencia del autoinflingimiento que se produce automáticamente en el que quiere decir algo sabio), limitando ese cono interminablemente expandible de la mente (quizás el «análisis interminable» sea el verdadero hallazgo spinoziano de Freud), con su correlato en el cuerpo (las moléculas, los átomos, las vibraciones, carecen de fronteras, en una potencial simbiogénesis que convierte a todos los individuos en holobiontes capaces de engordar tanto hasta convertirse en uno solo del tamaño del universo), propendiendo a un primer impulso en una carrera alocada en el acopio de nociones comunes, dueño de un doble destino trágico, abierto en la diversidad de leyes postuladas por cada teoría y en la estrechísima capacidad de retener de la mente (origen del Supuesto Saber, enmascarado en la imposibilidad estructural de rebatimiento, que Sócrates intentó desbaratar sin éxito), que hace aparecer inesperadamente la necesidad del carro después del caballo, obligando a la Beatitud antes de conseguirla porque una vez agotado por el esfuerzo angustiante de un pensamiento que falla una y otra vez en querer abarcarlo todo —como si el conatus solo encontrara su hipotético nirvana al momento de la suma imposible de infinitos instantes sucesivos— el salto al amor divino debe su impredecible aparición a las plumas de una Esperanza ajena a cualquier recompensa que nunca ha parado de cantar — en absoluto —.