El colapso de la ética

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El colapso de la ética

“En todas las cosas, solo que vienen a nosotros desde afuera, libremente, por sorpresa, como un regalo del destino, sin que lo hayamos buscado, es puro goce.”…Es sólo después de un esfuerzo largo e infructuoso que termina en desesperación, cuando nada más se espera, que el regalo viene desde fuera, una sorpresa maravillosa.. La creencia en la existencia de otros seres humanos como tales es amor.”…»Desear la amistad es una gran equivocación. La amistad debería ser un goce libre, como el goce del arte y de la vida. Tienes que rechazarlo para ser merecedor de recibirlo: es del orden de la gracia.”…»Profanar es modificar, tocar. La belleza es lo que no puede cambiar. Tomar el control es profanar. Poseer es profanar.”…”Lo que debe ser estrictamente prohibido es soñar en los placeres del sentimiento.» (De»Gravity and Grace», por Simone Weil)

El reconocer un acto ético ha sido siempre un dilema, desde el ejercicio de las virtudes que Aristoteles intentó resolver, enredándose en los extremos de una línea continua que le reclamaba superposición (la cobardía anidada en el temerario para que la valentía tenga lugar) – no hay posibilidad de juzgar el acto desde afuera — aunque esa imposibilidad se extiende como una mancha de aceite al propio yo, desorientado al intentar mirarse (un ejemplo más de las paradojas de la auto-referencialidad), inundado de intereses que no ceden, hasta las peripecias del psicoanálisis lacaniano — los demás no están interesados en estos melindres inútiles que siempre nos convocan, enfocadas en dudosas soluciones –, que erige a la ética como bandera, condenado al fracaso en el momento mismo de su divulgación enfrentado a hacer clínica con filosofía (no ceder ante el deseo se convierte inevitablemente en un slogan cuya traducción siempre traiciona), dando cuenta de la no linearidad de su tratamiento (y quizás aquí encontremos una diferencia fundamental con la ciencia, que no tiene que ver con la aplicación del principio de falibilidad – que tranquiliza en su fachada de apertura — sino en el extrema afición al detalle y al clinamen, despreciados en las grandes sistemas que no tienen más remedio que apelar a normalizaciones), que hacen su aparición en donde no se los busca, con la condición que el vagabundeo inútil no sea capturado en la promesa, que el amor no sea consuelo pero sorprendentemente tampoco luz de antemano, sólo capaz de aparecer en un instante sin revancha, como la onda que después de condescender a su colapso, insiste en la incertidumbre de su destino.