El cruce de caminos

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El cruce de caminos

«Pitágoras bien pudo haber sido el más profundo de todos los hombres en su aprendizaje. Y aún así afirmó recordar detalles de vidas anteriores, siendo en una un pepino y una vez una sardina.»…» De todas las palabras que se han dicho, ninguna llega tan lejos como la sabiduría, que es la acción de la mente más allá de todas las cosas que se pueden decir. La sabiduría es la unidad de la mente que guía e impregna todas las cosas.»…» Lo que siempre fue, y es, y será fuego eterno, lo mismo para todos, el cosmos, hecho ni por Dios ni por el hom­bre, se repone en la medida en que se quema.» (De» Fragmento», por Heráclito-James Hillman)

Parménides, luego de reconocer que nos ha regalado una verdad, nos hace retroceder repentinamente, como necesitado de una rectificación imperiosa, retomando la condición de engaño que está plegada e indistinguible de aquella verdad («… a partir de aquí aprende las mortales opiniones escuchando el orden engañador de mis versos”), inundando de movimientos a lo uno, haciendo vibrar lo que es, renegando de su futuro agrupamiento que facilita­rán la misma medida que diluirá su pensamiento, casi copiando el destino de su circunstancial e involuntario compañero, Heráclito, que se impone una trayectoria opuesta para llegar a un plisado que impide la agrupación porque en su conjunto in­cluye increíblemente el afuera (¿no ha sido será la performatividad de Sócrates, Lao Tse, Y Zhuang Tze, Borges, Wittgenstein, Heidegger……?), generando la explosión lógica (recordemos el prin­cipio que nos dice que el mundo se cae si aceptamos el incumplimiento del principio de contradicción, obli­gados a aceptar de ahí en más cualquier afirmación), que parece haber detonado en las manos de Pitágo­ras, por un lado un posible epítome del pensamiento
científico (más allá de la cronología de su surgimien­to) y por el otro, la certeza de haber sido una sar­dina o lo que es aún más alarmante, un pepino – diluyendo las fronteras de los» reinos»- en metamorfosis cercanas a la potencialidad ple­na, esa que nos permite decir con Shestov «All Things are possible», mas acá de toda metáfora, desencorsetando lo que nos ha permitido sobrevivir solo a la espera de generar la neblina a la que Heráclito nos impulsa, una vez que se abren las compuertas que de todas maneras no pueden evitar que, ahora, sea el fuego esa eternidad a la que llegamos después del camino en el que Parménides vuelve a cruzarse.