El cuarzo

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El cuarzo 

«Corolario – Por lo tanto se sigue que la mente humana, cuando percibe las cosas después del orden común de la naturaleza, no tiene un adecuado sino solo un confuso y fragmentario conocimiento de su propio cuerpo y de los cuerpos externos. Porque la mente no se conoce a sí misma, excepto en tanto como percibe las ideas de las modificaciones del cuerpo. Solo percibe su propio cuerpo a través de las ideas de las modificaciones y solo percibe los cuerpos externos a través de los mismos medios; entonces, en tanto tiene tales ideas de modificación, no tiene un adecuado conocimiento de sí mismo, ni de su propio cuerpo, ni de los cuerpos externos pero solo, por lo tanto, un conocimiento fragmentario y confuso.» (De “Ethics”, por B. Spinoza)

«The Feet, mechanical, go round –

Of Ground, or Air or Ought –

A Wooden way Of Ground or Air, or Ought –

Regardless grown

A Quartz Contentment, like a stone –

This is the hour of Lead –

Remembered, if out lived,

As Freezing persons, recollect the Snow –

First – Chill – then Stupor – then letting go.» (341, Dickinson)

Es siempre interesante la detección y el recorte de ideas en cualquier obra, con independencia del valor de su consideración completa o de su pretendido contenido — muchas veces dispensable — como por ejemplo la apelación a escenas históricas del cine (película Los soñadores de Bertolucci), que Matthew, Theo e Isabelle se empeñan en repetir, reproduciendo en ellos mismos y en el espectador, la sensación de un pliegue que no necesita ser explicado, en una duplicación que aleja la escena de todo contexto, dejándola aislada y valiosa en sí misma, como un objeto que refleja un todo completo, análogo a la extensión de Spinoza expresada en sus modos que se transforman al momento de su aparición en ondulaciones de la eternidad, ofreciendo una ventaja notable con el pensamiento, completamente desbalanceado en la parcialidad íntima que le permite su pequeño cono que solo puede conocer la provinciana esfera de su cuerpo — trampolín a un tiempo, para el mundo exterior, que solo afirma su existencia en los estrechos límites de la piel que rodea aquello que anhela perseverar —, inmerso en la inmensidad, por siempre ajena, de la serie de ideas infinitas, demostrando su indefensión y la fisura por donde la angustia ingresa, como si un desfasaje atroz condenara a la consciencia, siempre detrás de una materialidad indiferente y completa, a la que está destinada a perseguir para nunca alcanzarla (ni siquiera salvan las «nociones comunes» de la ciencia que demuestra su impotencia en cada nueva teoría que multiplica interpretaciones solo para demostrar eficacia en el contorno de estrechas líneas punteadas) pero con la opción, siempre latente, de convertirse en piedra para concentrar las oscilaciones del universo pasado, presente y futuro y dejarse ir.