El decreto de la razón

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El decreto de la razón

«Por lo tanto, si no se adopta esta idealidad del tiempo y del espacio, no queda nada más que el Espinosismo, en el cual el espacio y el tiempo son atributos esenciales del Ser Supremo mismo, y las cosas dependientes de Él (nosotros, por lo tanto incluidas) no son sustancias sino meramente accidentes inherentes a Él.»…»Ahora bien, este principio no tenía que ser buscado ni descubierto; había estado hace mucho tiempo en la razón de todos los hombres e incorporado a su naturaleza, y es el principio de moralidad.»…»Es el concepto de libertad lo que nos permite encontrar lo incondicionado e inteligible para lo condicionado y sensible sin salir de nosotros mismos,»  (De “The Critique of Practical Reason”, por I. Kant)

«En un caso, la distorsión consiste en el intercambio de sujeto y objeto, nodos activo y pasivo, ser observado en lugar de observar; en el otro caso, consiste en la transformación en lo opuesto: calma en lugar de excitación.»  (De “The Wolfman”, por S. Freud)

Es un hecho que normalmente pasa desapercibido, la oposición flagrante de los refranes («no por mucho madrugar se amanece más temprano» vs «al que madruga Dios lo ayuda», etc.) — siempre encontraremos al rival de cualquiera que se postule — rescatado por Jon Elster en sus ‘tuercas y tornillos’, que resalta el fenómeno inesperado de su utilidad (¿cómo pueden dos dichos distintos decir completamente otra cosa y ser, sin embargo, ambos aplicables, inclusive en la misma circunstancia?), otorgándole a la realidad un halo extraño reflejada en la parábola del granjero chino (cada acontecimiento es bueno y malo a la vez) que sin embargo permite ser vivida, pero siempre con un precio que pretende ser evitado (quizás todos los circunloquios se originen en el rodeo que intenta evadir el pago), contradicción en lo real que Kant advierte en el sujeto que encarna la libertad y la esclavitud a un tiempo, resuelta por la razón práctica y su — endeble, se debe decir — convicción de la ley moral que ella misma predica, curiosamente en el terreno de la fenomenología que no puede dejar de habitar, que da una disimulada entrada a una inmanencia lograda por Espinosa a través de una apelación a un «ello» (renombrando acá la palabra Dios del lenguaje teológico utilizado) del que todo es expresión, evidenciando el paso atrás del que Kant no es consciente, al destruir la igualdad absoluta de los accidentes para otorgar una centralidad extrema al sujeto como nexo entre lo suprasensible y el mundo, creyendo cerrar el paso a las consecuencias de la paradoja que Freud retoma, dispuesto a señalar el precio de las inversiones que se abren paso a cada instante (sujeto–objeto, activo–pasivo, calma–excitación) en una danza de transformaciones sin límite en profundidad y extensión (palabras entre palabras, cosas entre casas, acciones entre acciones y todas las combinaciones que un jeroglífico puede ofrecer), alumbrando el lugar de una angustia que no puede ser anulada por un decreto de la razón.