

El don que se escapa
«Él no ataca a los sofistas; porque estaban expuestos a los mismos cargos que él; ellos eran igualmente ridiculizados por los poetas cómicos y casi igualmente odiados por Any tus y Meletus. Sin embargo, incidentalmente es permitido que aparezca el antagonismo entre Sócrates y los sofistas. Él es pobre y ellos son ricos; su profesión de no enseñar nada se opone a la de ellos a estar listos a enseñar todas las cosas; sus charlas en el mercado a sus instrucciones privadas; su vida en su casa a su deambular de ciudad en ciudad. El tono que asume hacia ellos es de verdadera amistad, pero también de velada dureza. (De «Plato: The Complete Works», por B. Jowett)
Desprevenidos, es fácil caer en la trampa de un maniqueísmo (aunque sin embargo caemos en la cuenta de lo indispensable que resulta para la supervivencia, quizás subsumido a la paradoja que resulta de poner esa misma actitud del lado de lo malo) que demuele toda posibilidad de arte, inaugurando una moral alejada de la ética, aunque ningún conocimiento previo puede adjudicarse el poder de eludirlo (recordamos los intentos de Freud de explicarles a sus pacientes el origen de sus males, ayudando a sus tempranos y estrepitosos fracasos), por lo que entonces, simulando una distracción que termina siendo cierta, ubicamos a Meletus y Anitos (que dicho sea de paso, las crónicas ayudan a su clasificación, toda vez que se le reconoce haber coimeado al tribunal que lo juzgaba por traición) en un rincón, empujando a Sócrates a la guarida de los buenos, a la manera en que sus discípulos parecen haberlo hecho, obligándolo a sacudirse desesperado, como rodeado de un enjambre que quiere convertirlo en lo que no es, porque no es la posibilidad de la muerte lo que lo atormenta (como todos nosotros, él es dueño de alambicados razonamientos para neutralizar su idea) sino comparecer con un público ávido de su expresión, sediento de la tan deseada definición de su perfil (y aquí los bandos se entremezclan, acomodando a Anitus y Meletus en el mismo grupo que Platon representa), que debe conformarse con el espectáculo mágico y confuso de verlo igualarse con lo más despreciable, como si en ese movimiento sin posibilidad de disección nos confiriera un don que desde siempre ya hemos dejado escapar.