El embuste necesario

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El embuste necesario

«El método conceptual es una transformación que el flujo de la vida sufre en nuestras manos en interés de la práctica esencialmente y solo de forma subordi­nada en interés de la teoría.»…»Entender la vida por conceptos es detener su movimiento, cortarlo en trozos como con tijeras e inmovilizarlos en nuestro herbario lógico.»…»Si como metafísicos, tenemos más curiosidad por la naturaleza interna de la realidad o por lo que real­mente la hace fluir, debemos dar la espalda a nuestros conceptos alados por completo y enterrarnos en el grosor de esos momentos que pasan sobre la superficie sobre la que vuelan y en puntos particulares donde ocasionalmente descansan y se posan.»…»Si deseas conocer la realidad … Gira tu cara hacia la sensación, esa cosa atada a la carne que el racionalismo siempre ha cargado de abuso». (De “Complete Works of William James»).

Bastante más acá de Epiménides, Turing o Godel, sabemos de antemano que todos los sistemas más temprano que tarde se resquebrajan (en realidad lo verdaderamente curioso es el porqué de la insisten­cia, como si la promesa del encuentro excediera toda evidencia – o quizá sea que hay siempre una autorreflexión adicional imprevista que empuja hacia adelante) y por lo tanto parecería no haber tanto mérito en apostasiar a los conceptos, sujetos siempre en su exposición a las diatribas más violentas (¿será que las acusaciones al llegar a un umbral nos producen un efecto contrario, como si la permanencia en una posición provocara la manifestación de lo otro que siempre ya había estado en el mismo espacio? – ¿no es un efecto similar a la maravillosa nota pedal en música?), sin dudas justificándolas con su culpabilidad (¿es que hay algo inocente en el universo?) que sin embar­go no sería suficiente excusa, mas si giramos para oponerle la fluidez de una vida que abjura de su captura (sería una buena tarea para encomendar a los adalides de la inmediatez la consigna «sé espontáneo», que encierra como en un círculo perverso las mismas apo­rías del mentiroso, con expresión volcada hacia adentro y hacia afuera), destinados al callejón. que nos convierta en místicos o, en un arranque de valentía mas acorde con la ciencia ficción, acompañemos a la renuncia redoblada de Wittgenstein, que una y otra vez, por virtud de una propiedad inefable, se renueva para reconocer su fracaso, evitando así caer en el engaño de los que creen no ser engañados, para desplomarse con un sesgo de felicidad en el embuste que le regalan las letras y los conceptos.