El empecinamiento

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El empecinamiento

«Aún así, sentir que nuestro tren se está moviendo cuando el tren al lado de nuestra ventana se mueve, ver la luna a través de un telescopio acercarse dos veces más, o ver dos imágenes como un sólido cuando las miramos a través de un estereoscopio, deja el movimiento, la cercanía y la solidez todavía en existen­cia – si no aquí, sin embargo en su lugar propio en algún otro lado.»…»La superficie de un mundo cuya causali­dad real es un principio ontológico inimaginable escondido en las profundidades, es, para la manera más empírica de pensar, solo animismo con otra forma.»…»Desde este punto de vista, la mayor sublimidad que tradicionalmente se le atribuye a la investigación metafísica, la investigación profunda, desaparece por completo.» (De «Complete Works of William James»)

El chiste, los lapsus, nos enseñaron como lo inconfesable (y no vamos a entrar aquí a definiciones del inconsciente) se abre paso para que lo admiremos en su esplendor (aquí también podemos ser espectadores de la transfor­mación de lo estupido y menor en el indeseado dueño de la escena) y también – y quizá lo más jugoso – como nos las ingeniamos para sostener lo que ya está irremediablemente destartalado, momento en el cual, y de una forma muy democrática, orillamos el ridículo, mostrando nuestro empeño a toda costa (y cuando decimos «nuestro», nos tomamos una amplia licencia evidenciando un obsecamiento impropio de celebridades (¿no es hasta cómico insistir en el «eppur si mueve» en el mismo momento en que la relatividad está estallando – y no caemos aquí en el riesgo de evaluar filosofía con ciencia, simplemente seguimos el razonamiento de quien la erige efectivamente como juez -, insistiendo en que aún en la evidencia contraria al movimiento, cerca­nía y solidez, seguramente las encontraremos desplazadas pero firmes en otro lado?), dando testimonio a la testarudez que nos invade desde hace tantos milenios, a saber, la necesidad imperiosa de eliminar la quinta pata del gato, en el intento de evitar perder el tiempo (estamos a un par de años de la inauguración de la planta de Ford en Detroit), condenando a la inutilidad absoluta (y decimos absoluta por lo redoblada, convertida en inutilidad de segundo grado, inutilidad de la inutilidad – y probablemente en una cadena al infinito, sin la cual caeríamos fácilmente en la contradicción de lo útil de lo inútil) que finalmente no hace otra cosa – como no podía ser de otra manera – que alentarnos a buscar, con fracaso asegurado, aquello que nunca nos permitirá dar charlas en los teatros.