

El engaño del tiempo
«Hablando estrictamente, el tiempo no existe (más allá del presente como un límite), y sin embargo eso es a lo que estamos sujetos. Esa es nuestra condición. Somos sujetos a eso que no existe.:.. «Estamos realmente ligados a cadenas irreales. El tiempo, irreal, cubre a todas las cosas y a nosotros en irrealidad.»….» Qué es real en la percepción y que la distingue de los sueños, no son las sensaciones, sino necesidad.»…» No simplemente sufrimiento porque hay sufrimiento imaginario.»…» Un criterio de realidad es que es dura y ruda. Es acerca del goce, no placer. Lo que es placentero es soñar despierto!…» Amar el aspecto desnudo, sin interpretar»…» Ya la razón discursiva (la inteligencia de las relaciones) ayuda a disolver idolatrías viendo lo bueno y lo malo como limitado, mezclado y volcado uno en el otro». Reconociendo el punto en el que el bien pasa al mal como, en la medida que, en lo que respecta y así sucesivamente.»… «Dios y lo sobrenatural están escondidos y sin forma en el universo.»… «El hombre siempre se vuelca a un orden. Pero, salvo iluminación sobrenatural, este orden tiene como centro o bien a sí mismo o a un ser particular (que puede ser una abstracción) en el que se ha transferido (Napoleón por sus soldados, la Ciencia, el Partido, etc). Orden de perspectiva.» (De «Gravity and Grace», por Simone Weil).
No es casual que la domesticación del psicoanálisis pase por el peso devuelto al principio del placer, ese que Freud vió en su impostura observando a su nieto y su carretel que en su alejamiento epitomiza una pulsión (no se puede juzgar antelación en este terreno donde el tiempo no existe) que debe ser sojuzgada para sobrevivir pero que se lleva consigo esa porción de goce ligada a la necesidad de la que nos. habla Weil, incapaz de reconocer el mal del bien, no como en un aquelarre borroso sino en la forma del ‘susurro del mar Leibniziano-no en vano Deleuze tituló su libro «El Pliegue», dando cuenta de un solapamiento que iguala al tiempo que discierne-, teniendo todo de irrealidad, convirtiendo las catexis en fantoches cercanos a una transferencia brutal e inevitable, como si el sueño diera origen de lo real (¿no se necesita, como dice Lacan, recibir del otro la propia imagen invertida, superponiendo el mapa al terreno, haciendo coincidir cada milímetro de la apariencia con la verdad última, a la manera de Nagarjuna que entrevió la aporía de despreciar las fachadas producto de la ilusión del fundamento?), dejando como última vara a una necesidad que esquiva su definición, escondida junto con Dios, resistente a la forma que reclamamos para entender, exigida por la razón que teje pacientemente (para los que buscan la quinta pata) su propio desmoronamiento, repitiendo un ciclo sin fin acudiendo una y otra vez a anclajes que siempre defraudan, y que las herencias de Sócrates han visto reflejada en virtudes axiomáticas (¿dónde se apoyan la sabiduría, la justicia, el coraje y la templanza?) y cuyo reconocimiento se vuelve clave en la separación imaginaria entre misticismo y ciencia (¿no corre la ciencia el mismo albor del encuentro de lo que no puede ser evitado?), ese que dará la cifra secreta de la verdad que impulsa a un universo del que se quiere ser aliado, para ser arrastrado en ese flujo que no se piensa-y aquí vemos una diferencia notable con los estoicos que confiaban en las palabras para convencerse (¿no son las meditaciones de Marco Aurelio la prueba del bastón que las letras le ofrecen, muy lejos de un arrastre en el que no logra sumergirse?)-y que lleva sobre sus espaldas la justificación más complicada, a saber, la de nuestros actos, que a esta altura responden a una ética de un autómata, mecanizada hasta el punto de adjudicarla a lo inevitable y que paradójicamente se acerca con peligro al fanatismo, si no se reconociera esa ambigüedad que requiere el extraordinario esfuerzo de sostenerla a la manera de Sísifo, sujeta a la gravedad, producto de espacios curvados o viceversa, que en otro giro inesperado, también pertenece a ese universo que de un salto se ha tornado eterno con solo relaciones geométricas que en algún rapto sin causa, mostrarán su resplandor para oscurecerse en el próximo engañoso segundo.