El espectador privilegiado

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El espectador privilegiado

«La razón es que la duración y el movimiento son síntesis mentales, y no objetos.»…» La 3a unidad, por ejemplo, cuando se añade a las otras dos, altera la naturaleza, la apariencia y, por así decirlo, el ritmo del todo; sin esta interpenetración y este, digamos, progreso cualitativo, no sería posible ninguna adición.» …» Nuestro ego entra en contacto con el mundo externo en su superficie; nuestras sensaciones sucesivas, aun- que se disuelven unas en otras, conservan algo de la externalidad mutua que pertenece a sus causas objetivas; y entonces nuestra vida psíquica superficial llega a ser capturada sin ningún esfuerzo como puesta en un medio homogéneo.» (De Henry Bergson Premium Collection»). 

En primer lugar, habría que preguntarse que sentido tiene dedicarse a conciliar filosofías con teorías científicas, toda vez que el mapeo punto a punto pierde todo interés si tenemos en cuenta las infinitas diver­gencias en el trayecto que recorren, aunque quizá la tentación nos haga ceder en ideas aisladas (¿y cómo son en definitiva, las ideas que regulan nuestro comportamiento diario, sostenido por 3 o 4 axiomas hace rato desprendidos de todo sistema?), tratando de encontrar analogías que, hay que decirlo, son capa­ces de generar ese pequeño brillo asemejable a una iluminación menor (y está claro que lo escaso es el pre­cio a pagar por la inmersión en literaturas y filoso­fías también menores), como la que parece asaltarnos cuando leemos el divorcio de la consciencia heterogénea de la homogeneidad de los objetos, ruptura que tiene como consecuencia el alto costo de generar dos ámbitos ajenos que necesitan de un pegamento y sin duda caemos en una nueva paradoja, la que nos hace caer en el absurdo de pensar en la exigencia de postular el pegamento que ligue al pegamento con el pegamento ad infinitum – requisito que sin duda permanece sin resolver en los cultores de diferentes sustancias (recordamos aquí la solución genial que nos propone Spinoza al postular las sustancias como expre­siones de lo uno)) imposible de conseguir, impulsando a los malabares a los que la metafísica nos tiene acostumbrados(¿pero no es ese defecto el ejemplo mas claro de su virtud?) que reclaman un afuera está­tico a la espera del humano como espectador privilegiado, único capaz de ofrecerle al universo la interpenetrabilidad, destinada a una sospechosa inexistencia si la evolución (¿ciega?) no nos hubiera producido.