

El espejo
«Nadie está más esclavizado que aquellos que falsamente creen que son libres». Von Goethe
«Según esta interpretación, el cuerpo humano debe ser concebido como un «amplificador» complejo, para usar el lenguaje de la tecnología del electromagnetismo.»…»Por lo tanto, la percepción final es la percepción de la piedra a través del tacto de la mano. En esta percepción, la piedra es vaga y débilmente relevante en comparación con la mano. Pero, por muy tenue, está ahí.»…» Luego para el sujeto final M, el dato incluye A como así transmitido, B como así transmitido, y así siguiendo.»…»Otros miembros de la cadena pueden hundirse en el olvido.» (De “Process and Reality”, por A. Whitehead)
Los experimentos mentales – también llamados «bombas mentales”, en su habilidad para «bombear» ideas que surgen de extraños eventos, la mayoría adoleciendo de cierto confinamiento que las desligan del mundo real – han pretendido demostrar, entre otras cosas, la inconsistencia del Yo, o la característica de capas de procesamiento que nos gobiernan (tan citados por los que no consideran a la consciencia un problema distinto que el funcionamiento de un termostato), o la incapacidad de nuestros sentidos de darnos una idea original y sin mancha del mundo (anotamos aquí también la imposibilidad de la espontaneidad, en la absoluta e inescapable mediación en la que estamos hundidos), mediante por ejemplo la puesta en acto del barco de Teseo en nuestros cuerpos (recordemos la paradoja a la que se arriba cuando han sido reemplazadas cada una de las tablas y elementos de la nave, o lo que es aún inquietante, cuando caemos en la cuenta que con cada clavo se ha construido un bajel gemelo), sustituyendo cada célula por otra igual, imposibilitándonos de aseverar en cual de los dos organismos está un yo que ya no significa nada, pero mas allá de lo no apodíctico de la propuesta (hay buenas razones para desechar la extremada abstracción y reducción de las «bombas»), nos alerta de las numerosas veladas premisas en las que nos apoyamos aún en nuestros razonamientos más simples (en realidad, siempre que liguemos frases con sentido, estamos llenos de supuestos, desembocando en una petición de principio cuando se trata de ser justificados por la ciencia que basa sus pruebas en la medición de instrumentos prolongadores de una mediación irremediable (¿qué es el microcospio sino una letra mas en la cadena que compone nuestro arbitraje de lo que está «allá afuera»?) que completa el círculo de lo que podemos experimentar, limitado por canalizaciones, cuya teorización es producto de sí misma y que nos hace creer que hemos encontrado algo diferente de un espejo.