El extraño fulgor

Screenshot
Screenshot

El extraño fulgor

«La cosa es lo suficientemente extraña y no tiene paralelo en todo el resto de nuestro conocimiento práctico. Pues el pensamiento a priori de una legislación universal posible que es por lo tanto meramente problemático, es incondicionalmente comandado como una ley sin tomar nada prestado de la experiencia o de cualquier voluntad externa.»…»Podemos a la consciencia de esta ley fundamental un hecho de la razón porque no podemos razonarla de un dato antecedente de la razón, e.g, la consciencia de libertad (dado que esta no es dada antecedentemente), pero se nos impone como una proposición sintética a priori que no se basa en ninguna intuición, ni pura ni empírica. De hecho sería analitica si se presupusiera la libertad de la voluntad, pero presuponer la libertad como concepto positivo requeriría una intuición intelectual que no se puede asumir.» (De “The Critique of Practical Reason» por I. Kant)

«La intervención de su madre (amenaza de castración ocurrió porque él disfrutaba dándose a sí mismo sensaciones placenteras tocando este órgano; el pequeño niño se ha embarcado así en la forma más común y más normal forma de actividad sexual autoerótica.»  (De “Juanito”, por S. Freud)

En el análisis de Juanito, las metáforas y las metonimias se inscriben y se deslizan sobre el plano generado sobre el placer, dando lugar a permutaciones, sustituciones y encadenamientos, en una especie de carrera de desfiguraciones producidas por cierta adicción ineludible al engaño (les non-dupes errant), terreno en donde, según Kant, la causalidad y el determinismo reinan [el padre a Juanito]: «¿Tú crees que conozco las respuestas a cada pregunta que me haces?» a lo que él replicó: «Bueno, pensé que dado que sabías todo acerca del negocio con los caballos, sabrías la respuesta a esto, también»), en un desfile de interés filosófico nulo (comparable al que podría despertar la invención de una nueva partícula) que solo se despabila ante la chance de libertad (se descartan las especulaciones provenientes de una teoría cuántica incompleta o en el peor de los casos, en la visión de Penrose, completamente errada — cuestión que hace sentido si se quiere seguir llamando ciencia a la ciencia) postulada como un marco geométrico de determinación en forma de ley previa a la especulación, que solo juega en el ámbito de sus propias categorías declarando como pasatiempo inútil la proliferación de interpretaciones puestas al servicio de la eliminación de síntomas (lo que no es óbice para atender el reclamo de mejores adaptaciones, como cualquier otra terapia), si se compara con la ciclópea búsqueda de la letra incondicionada, afirmada porque sí, cercana a la certeza delirante de la psicosis, sin punto de almohadillado (la crítica de Hegel al asociar la ley universal a la historia va en esa dirección — correcta, si no lleváramos a Kant a su aceleración hiperbólica), por fuera del circuito familiar del placer en un extraño fulgor de abandono y vacío a la espera de ser digerido una vez más.