El fango y las alturas

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El fango y las alturas

«Para Eryximachus el amor es el buen médico; él ve todo como un médico inteligente y como muchos profesores de su arte en tiempos modernos, intenta reducir la moral a lo físico; o reconoce una ley del amor que los impregna a ambos. Hay amores y con­flictos del cuerpo así como de la mente. Al igual que Hipócrates el Asclepio, es un discípulo de Herá­clito, cuya concepción de la armonía de los opues­tos explica de una nueva manera como la armonía después de la discordia; para su sentido común, co­mo para muchos modernos y antiguos, la identidad de las contradicciones es un absurdo.»…» La misma pasión que puede revolcarse en el fango es capaz de elevarse hasta las alturas más elevadas y de pene­trar el secreto más íntimo de la filosofía.» (De intro­ducción de B. Jowett al Simposio de Platón)

El movimiento pendular entre teorías opuestas ofrece su costado saludable como contrapeso a los incipientes intentos de certezas, diluido por el mismo efecto que critica, como si para superar el fanatismo precisara de su contagio que neutraliza al mismo tiempo que reproduce y hace perdurar, con otro signo, el extremo, pero lo que es aún más desconcertante es que en cada posicionamiento, por fuera de todo deseo, vuelve a propagarse el par excesivo/defi­ciente (recordamos aquí las dificultades de Aristó­teles a la hora de definir virtudes que se le escapan cada vez que cree haber capturado ese punto me­dio estructuralmente imposible, como el movimiento de Aquiles sobre una línea que no ceja en hacer proliferar decimales), como si estuviéramos condena­dos a convivir con un contraste que parece deman­darnos esfuerzos de domesticación producto de nuestro profundo rechazo a los solapamientos que parecen anularse, como si fuéramos esclavos de la generación apartada de los opuestos para permitir una desconocida diferencia de potencial que empu­je la vida hacia adelante, como si las palabras también tuvieran como misión la creación de cam­pos en donde algo se hace posible (hay tortugas que regresan a donde nacieron después de 20 años, marcado por su campo magnético), lo que nos in­cluye, a pesar del camuflaje que las abstracciones siempre proveen, en un universo muy cercano a Laplace (más allá de que la actual potencia de procesamiento no alcance para algoritmos precisos), que solo parece temblar al momento de la audacia inusual e inútil, de encimar el fango y las alturas para producir un cortocircuito sin ninguna garantía.