El fantasma de Pirrón

Screenshot
Screenshot

El fantasma de Pirrón 

«Las entidades perdurantes son concordantes con una visión Humeana de la realidad como compuesta de existencias discretas ‘sueltas y separadas’ de cualquier tipo.»…»Esto se opone a la perspectiva endurantista donde la entidad persistente es un objeto tridimensional que tiene solo partes espaciales y está presente en todo momento en que existe.”…”Me gustaría llamar a nuestra ‘convicción metafísica’, la convicción de que el cambio no destruye automáticamente nuestra identidad ni (en principio) nunca la afecta.”…»Los sistemas vivos persisten mediante el metabolismo.»…»La forma se emancipa de la materia en la medida en que se convierte en la causa del flujo de materia a través de ella, sosteniendo así activamente su identidad (De Everything Flows, ed Dupre, por Meincke)

«Pero todas mis esperanzas se desvanecen cuando intento explicar los principios que unen nuestras percepciones sucesivas en nuestro pensamiento o consciencia.”…»En resumen, hay dos principios que no puedo hacer compatibles.”…»Por mi parte, debo apelar al privilegio del escéptico, y confesar que esta dificultad es demasiado ardua para mi entendimiento.» (De «A Treatise on Human Nature – Appendix», por David Hume) 

Entre los motores que provocan la persistencia de opiniones – y su defensa apasionada – quizás haya dos que merezcan relevancia (al menos en el afortunadamente escaso espacio impuesto de dos páginas), el primero una hybris inevitable (germen de la sensación de eureka que marca una novedad siempre debatible) — la que provoca, por ejemplo que uno puede pensar mejor que Hume (comparación casi ridicula si se aceptara que pensar se encima casi sin distinción con la prosa) — y el segundo, la quimérica búsqueda de lo que une (la demora en cada dilema podría atestiguar que al fin del día es lo que está perdido clamando por su descubrimiento — como una voz que llama en el medio del bosque tejiendo dolor para atraer atención) — a las palabras, a las cosas, a los cuantos, a las tortugas apiladas, a los pasos de la carrera inútil de Aquiles —, epitomizada esta vez en la sempiterna controversia de la identidad (originada en realidad en el arrastre que produce la asombrosa causalidad, raíz de argumentos en la disputa entre la relatividad y lo cuántico) que, en el paroxismo de la originalidad, induce una vez más al despreciado hilomorfismo aristotélico (que la forma sea estática o encadenada a flujos es irrelevante, a pesar de los esfuerzos de diferenciación — para quien tiene expectativa de éxito en su singularidad, es frustrante encontrar las ideas en los anaqueles repletos de polvo) para hacer las veces de un nexo que de ninguna manera es exigido exigido por una innovadora metafísica — la relación entre la cola cuántica y el torso relativístico de la sirena de Penrose es una búsqueda puramente instrumental — que Hume prefiere reemplazar con una ironía magnífica cuando, después de ríos de insuperable tinta, reconoce en un rincón preparado para pasar desapercibido, el fantasma siempre activo de Pirrón.