El fantasma del entusiasmo

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El fantasma del entusiasmo

«Pero este Marsyas me ha llevado a mi a tal punto, que he sentido como si apenas pudiera sopor­tar la vida que estoy llevando (esto, Sócrates, lo ad­mitirá); y soy consciente de que si no cerrara mis oídos contra él y escapara como de la voz de la si­rena, mi destino sería como el de los demás, el me transfixaría, y debería envejecer sentado a sus pies. Porque el me hace confesar que no debería vi­vir como lo hago, descuidando los deseos de mi pro­pia alma y ocupándome de las preocupaciones de los atenienses por lo tanto sujeto a mis oídos y me alejo de él.” (De «Symposium»,» Plato: the complete works», por B. Jowett)

El sentido común y la ciencia nos distraen con sus focos, centrando y evitando la caída que inevi­tablemente nos espera, generando propósitos que nos refuerzan – a la manera de los premios suce­sivos de los videojuegos que sostienen el ejercicio -, al ser partícipes de los logros de la mani­pulación, todos argumentos sólidos para sumer­girnos sin demasiadas preguntas en el flujo que nos lleva pero al precio( siempre hay que buscarlo) de no advertirlo, decisión que, como todos nosotros, elige Alcibíades, que describe con una tristeza magistral que nos conmueve, como si esa desdicha fuera imposible de soslayar, envuelta en cierta nos­talgia por lo siniestro (queda claro que él no pue­de despegarse de lo que por su propia definición, le hace mal, como la tentación a caerse desde la cornisa de un precipicio) – y aquí también so­mos testigos de las buenas razones de Meletus pa­ra impulsar la condena a muerte clausurando la puerta de las palabras que envenenan, plenas de un dolor que se asegura interminable y que sin embargo reaparecen una y otra vez (¿no es la melancolía que su texto transpira, la prueba irrefu­table de la imposibilidad de la huida?), acentuando una vez más el dilema sin salida aparente de los escépticos -nacidos de un riñón de Sócrates – que precisan de torbellinos para generar la nada, a sabiendas del fracaso, abriendo la compuerta para el desangrado del entusiasmo, que debería extinguirse ante ese destino trágico, si no se nos mostrara en la sutileza de un halo incap- turable en el ‘mismo sistema que las palabras y las cosas habitan, el esplendor de la sonrisa irónica sin Sócrates.

» Un dessein si funeste/S’il n’est digne d ‘Atrée, est digne de Thyeste» The Purloined Letter_ E. A. Poe