

El final del entendimiento
«Ahora si tomamos los atributos de la existencia de las cosas en el tiempo por atributos de las cosas en sí mismas (lo cual es la visión común), entonces es imposible reconciliar la necesidad de la relación causal con la libertad; son contradictorias. Porque desde la primera se sigue que cada evento, y consecuentemente cada acción que toma lugar en un cierto punto en el tiempo, es el resultado necesario de lo que existió en el tiempo precedente. Ahora como el tiempo pasado no está más en mi poder, por lo tanto cada acción que ejecuto debe ser el resultado necesario de ciertos fundamentos determinantes que no están en mi poder, esto es en el momento en el que estoy actuando nunca soy libre. (De “The Critique of Practical Reason”, por I. Kant)
«Estos conflictos de sentimiento en nuestro paciente no existen independientemente uno del otro, sino que están soldados juntos en pares.”…»Sabemos muy poco de la naturaleza del amor.”..”’Muchas veces he deseado que estuviera muerto, y sin embargo sé que estaría mucho más triste que contento si él muriera, así que estoy al límite de mi entendimiento.’ — Alcibíades refiriéndose a Sócrates.” (De “The Ratman”, por S. Freud)
La flecha del tiempo sigue siendo quizás el mayor terreno de disputa, extendido no solo a la filosofía sino a la misma física — en donde pretende perder toda emoción, como si la equivalencia con el aumento de entropía (Rovelli) o con su inexistencia, disuelto en la eternidad de la geometría (Barbour), fueran ajenos a toda contaminación — constituyendo la base del universo laplaciano, hacia arriba y hacia abajo, que solo permite una idea de libertad negativa solo como hipótesis de la razón (que habita en un escenario construido por ella misma, en cierta petición de principio), que viene en ayuda con la condición de despegarse de una cadena para someterse a otra, dando cuenta de la necesidad de la libertad, oximoron inevitable («sé libre» nos recuerda al «sé espontáneo») en la aspiración de eliminar una superposición de estados que se presenta a los ojos de Freud casi como una revelación que sin embargo no puede resolver, que causa incluso las mismas rumiaciones que se reclaman como neutras, estableciendo una perplejidad que se expande como bacterias en el agua, abarcando cada pensamiento y cada acto, resultando en la compulsión que ya no necesita de origen (la pulsión sexual o como se llame junto con la escena familiar presenta un buen comienzo de la clínica en la misma medida que se aleja del dilema) que todo lo invade, impulsada a la tarea heroica de resolver lo que no puede ser resuelto, con diferencias de grado solo adjudicables al estado de adaptación social de su manifestación, empeñada en distorsionar, desviar, ocultar, la angustia de no poder entender a Aquiles o al mentiroso de Eubulides, simplemente porque, como Alcibíades, hemos tocado el final de nuestro entendimiento.