

El fulgor de lo Otro
«Todo lo que el esfuerzo puede hacer, entonces, es hacer lo mejor. de una energía preexistente que encuentra a su disposición.»…» Si desde el principio, al hacer lo explosivo, la naturaleza tenía como objeto la explosión, entonces es la evolución del animal, en lugar de la del vegetal, la que indica, en general, la dirección fundamental de la vida.»
En principio parece asombrosa la forma en que. los autores (¿será. por eso por lo que Sócrates, Zhuang Tse, etc, no han escrito una palabra?) se revuelven contra sí mismos, como si escribir se resumiera en desplegar una contradicción que el sonido concentra en cada nota (será por eso por lo que los maestros zen se empeñan en el ruido que producen las campanas?), como cuando, en el medio de la discusión acerca de la indivisibilidad del movimiento – y estrechamente ligado, de la creación – nos encontramos arrojados a la conservación de la energía (de paso podríamos decir que este principio, quizá mas que el de identidad, gobierna al pensamiento occidental) – y no es casual que por la misma época Freud nos induzca a un modelo hidráulico de la psiquis – como punto de partida a todo desarrollo (y dicho sea de paso, siempre ha sido una postulación, toda vez que solo puede ser probado en sistemas cerrados, dando lugar, segun Julian Barbour, al mito del aumento universal de la entropía), volviendo, increíblemente, a la denostada descomposición del movimiento o de ese esfuerzo que es la vida, que en realidad es ajena a nuestras disecciones – ¿no es aquí donde Freud se enfrentó con el impasse del principio del placer, creado sobre el modelo de acumulación-explosión, propio de la física, para ingresar en el lado oscuro y nunca resuelto de ‘la pulsión de muerte? -, llevándonos a reflexionar sobre los vanos esfuerzos de reducción (¿no es también la famosa frase «el inconsciente está estructurado como un lenguaje» la intención de permitir al psicoanalista arrojar la red semiótica para rescatar lo que al fin del día no es otra cosa que una nueva tautología?) que sin embargo, y a la luz de lo que la palabra escrita tiene para ofrecer (al fin del día es lo que termina regulando nuestro acceso a lo innombrable), asumimos, no sin la humildad imprescindible, que es precisamente en el error inevitable de lo que leemos en donde lo Otro aparece en fulgores.