

El hilo de plata
“A partir de esto podemos entender lo bendecida que debe ser la vida de un hombre cuya voluntad se silencia, no solo por un momento, como en el goce de lo hermoso, sino para siempre, ciertamente está viva completamente, excepto en lo que respecta a la última chispa resplandeciente que retiene el deseo en la vida y que será extinguida con su muerte.”…“Por lo tanto la paz y la bendición en la vida de los hombres sólo que hemos descrito solo se encuentran como la flor que procede de la constante victoria sobre la voluntad, el terreno en el que crece es la batalla constante con la voluntad de vivir.” (De “Works of Arthur Schopenhauer”)
Lo que el artista inició en su acercamiento, el santo viene a completarlo, teniendo en cuenta la imposibilidad del arte de sostener ese punto inevitablemente efímero, dándonos atisbos de esa revelación que cierra sus puertas apenas creemos que lo hemos logrado, porque no es capaz de matar definitivamente a la muerte que debe su existencia a esa Maya que nos ilusiona gracias a nuestra propia participación (increíblemente somos el mismo instrumento en el que somos engañados, dando la paradoja que se despliega en cualquier lugar en donde posamos la mirada), eslabón en la cadena de causa y efecto que se resiste a soltarnos, y que es vencida por la misma voluntad que se revierte sobre sí misma a partir de su máxima creación, nuestra consciencia, única en el universo capaz de convertirse en el propio aguijón que la hará desaparecer como fenómeno que sin duda es a partir del despojo de los cuerpos al que somete a esa voluntad que ya no puede manifestarse, expoliada de todo soporte, aunque para que el meticuloso proceso se diferencie del suicidio — que deberíamos evitar a toda costa, reconociendo en él un apego oculto a la vida que pretende cegar, impidiendo todo escape, transformando su intento en una mascarada— debemos apelar una vez más (y deberíamos analizar cómo, cada vez que parece que estamos a punto de traducir los gritos inenarrables, hace su aparición) a la flagrante contradicción que se precisa para que el santo, en el mismo momento en que le llega la iluminación que lo libera de todo, precisa sin embargo mantener ese hilo de plata que lo retiene en su cuerpo, sin el cual ni siquiera nos sería dado señalarlo.