El horror de la superficie

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El horror de la superficie

«Esto confundió a Sócrates, dicen; este villano enga­ñador de la juventud! – y luego, si alguien les pregunta, ¿por qué, qué maldad practica o enseña?, no saben y no pueden decirlo; pero para no parecer perdidos, repiten las acusaciones preparadas que se usan contra todos los filósofos sobre enseñar cosas en las nubes y debajo de la tierra, y no tener dioses, y hacer que lo peor aparezca la mejor causa.»…»No he ocultado nada, no he disimula­do nada. Y sin embargo, sé que mi sencillez de discurso hace que me odien, y que es su odio sino una prueba de que estoy diciendo la verdad?» (De» Apology» «Plato: The Complete Works”, por B. Jowett)

A decir verdad, deberíamos conceder mérito a la dupla Anito/Meleto en su función de guardianes de la perseverancia de Atenas, tornándose odiosos en los «buenos» ciudadanos (categoría que nos abarca en su recorrida histórica), solo para prote­ger el entusiasmo de la juventud, puesto en juego en el escepticismo que la imposibilidad de saber genera, que en apariencia y contra su voluntad, Sócrates desparrama (es interesante acá la disonancia entre la interpretación de sus afirmaciones y lo que él supone señalar, como si aún el dedo que solo apunta, sucumbiera a la necesidad de afirmaciones taxativas – que dicho sea de pa­so, solo se hacen evidentes en la cercanía de la muerte que exige definiciones) – ¿como se construye una sociedad sin la esperanza de claridad? – , poniendo a Sócrates en aprietos sujeto a su propio juego que lo deposita del lado del mal cualquiera sea el ritmo de su defensa (las preguntas de un fiscal siempre aleccionan si el acusado intenta cual­quier defensa, casi asegurando culpabilidad por so­lo hablar), aunque en un amago inesperado y destinado al fracaso (¿habrá alguna vez alguien dispuesto a enfrentarse con los monstruos en la cer­teza de su fin?), nos recuerda a los intentos del psicoanálisis (y aquí deberíamos decir a cual, toda vez que cada profesional «psi» que encontremos querrá demostrar lealtad a un saber que por naturaleza es desordenado, desalojado desde su nacimiento del ámbito científico) que por algunas ramas pretende profundidad que la interpretación se dispone a ofrecer y por otras reconoce que la única prueba de aparición de la verdad no radi­ca en los bálsamos de la existencia sino, muy por el contrario, en el horror de aquello que sin necesidad de excavar, se muestra indigeri­ble en la misma superficie.