El instante impensado

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El instante impensado

​“Que una piedra caiga es cierto para la conciencia, porque es consciente de que la piedra es pesada, es decir, porque en peso, tomada en sí misma como tal, la piedra tiene esa relación esencial con la tierra expresada en el hecho de caer. Por lo tanto la conciencia encuentra en la experiencia el ser objetivo de la ley, pero también la tiene allí en forma de noción; y solo debido a ambos factores juntos es la ley verdadera para la conciencia. La ley, por lo tanto, es aceptada como una ley porque se presenta en la esfera de la apariencia y es, al mismo tiempo, en su propia naturaleza una noción.” (De “On Scientific Knowledge”, por Hegel).

​La ley por detrás de la apariencia parece ofrecer la perspectiva de universalidad y por lo tanto, la ilusión de verdad de última instancia (a fin de cuentas, no es otra cosa a lo que algunos científicos — quizás la mayoría, por una cuestión estructural — aspiran) pero Hegel, una vez más, desconfía de una separación probablemente útil pero dañina si se la sostiene, postulando que en la noción conviven la apariencia que encarna la ley y que por lo tanto es un particular, y el universal que estalla en su interior, un universal invadido él mismo por la contradicción, toda vez que siendo a su vez un objeto que se desarrolla en el tiempo, cambiará su definición que no es otra cosa que la expresión de una regularidad (¿es la misma regularidad del movimiento de los planetas en Ptolomeo con la Tierra como centro, y el heliocentrismo de Copérnico? — y cuando nos apresuramos a decir que la perspectiva del primero es un error, aparece Einstein con la relatividad del marco de referencia), que a su vez debemos atravesar dialécticamente, sin una síntesis final, para que, en ese vértigo abismal que niega la negación de la negación de la negación, descubramos aquello de lo que el universo está hecho que no puede ser expresado en símbolos y solo se entrega para todos en instantes impensados.