El instante previo

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El instante previo

«J.B. Mo Diarmid, en un agudo artículo que intenta descalificar – a su vez – a Teofrasto, por su dependencia de Aristóteles: «Aristoteles no está interesado en absoluto en las hechos históricos. El está construyendo su propio sistema de filosofía, y sus predecesores sólo le interesan en la medida que le proveen material para este fin. Cree que su sistema es final y completo , por lo tanto , que todos los pensadores anteriores han marchado a tientas hacia ese sistema y que sus ideas pueden ser enunciadas en términos de este. Al sostener esta creencia, no ha titubeado en modificar o distorsionar no solo los tópicos en detalle sino también las fundamentales actitudes de su predecesores o articular las implicaciones que esas doctrinas pueden tener para él pero no podrían tenerla para sus autores.» (De «Los filósofos presocráticos» – Conrado Egger Lan)

La mención de Aristóteles como el sujeto que considera lo anterior como pasos intermedios a sus innovadores descubrimientos, distorsionados a su vez por la cama de Procusto, implicada en todo sistema, provoca cierta sensación de inocencia al adjudicar el síndrome a alguien en particular, como si existieran excepciones a las narraciones solipsistas que solo tienen permitido procesar el cono estrecho de su luz, angostura que se pretende disimular ensayando simulacros de aperturas en la corrección del camino del medio que deja despejadas las opciones contradictorias, siempre sometidas a principio de exclusión , debiendo su aparición a la circunstancia correcta (las patéticas lecturas de Paul Bloom en Yale dan el doble testimonio de la tibieza pendular entre Darwing y Butler y de la dramática estupidez de las teorías vistas a la distancia), como si lo superador consistiera en turnar protagonismos para eliminar, angustias, en un dialectica escolar que supone envolver lo previo con la baba del abordaje propio una y otra vez, como rumiantes de varios estómagos que despiden como resultado la pasta que será reutilizada en la próxima asimilación, desconociendo que es justamente esa fachada bienpensante la neutralizadora de todo intento de idea que solo tiene permitida, su aparición en un instante, engañando a la metabolización por una fracción de nanosegundo, en un embuste maravilloso que Freud entrevió antes de sistematizar su talking cure.