El juego arrogante

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El juego arrogante

«‘De alguna manera las ecuaciones estaban midiendo el efecto de la carga de los electrones sobre sí mismos, sus «energía-propia». Ese efecto se incrementaría con la proximidad, y cuánto más cerca podría estar un electrón de sí mismo? Si la distancia fuera 0,el efecto sería infinito – imposible. La ecuación de onda de la mecánica cuántica solamente hizo las infinitudes más complicadas. En lugar del horror escolar de la división por cero, los físicos contemplaban ahora las ecuaciones que crecían fuera de las límites porque sumaban infinitamente muchas longitudes de onda, infinitamente muchas oscilaciones en el campo..» Feynman silenciosamente atendió un adjunto a una solución tan radical y directa, que solo podía haber atraído a alguien ignorante de la literatura. El propuso que las electrones no estaban autorizados a actuar por ellos mismos.. eliminar la propia-accion significaba eliminar el campo mismo.» De «Genius:The Life & Science of R. Feynman», por Gleick)

Uno de los pilares más firmes en donde la imprescindible – para algunos – idea de progreso se asienta en la evidencia cotidiana de la mejora en la expectativa de vida, a través del ataque victorioso sobre las enfermedades, dándole a la biologia un lustre único que impediria cualquier crítica profunda de la ciencia como vecina privilegiada de la verdad – sin duda origen de la hybris a las que se asiste en las lecturas de las auto denominadas mejores universidades del mundo, con la filosofía relegada al lugar del escarnio (no deja de ser curiosa su mención constante, que a pesar del expreso, objetivo de ser denigrada, reluce en esa misma inutilidad a la que se pretende condenarla – para que castigar a un muerto?) – aunque sacudiendo apenas el polvo, se atestigua una suerte de círculo – que dista mucho de ser cerrado, casi conformando un espiral – en el que ataques arbitrarios a pares de habitualidades, reconfiguran la parte enfocada (quizás el todo permanece inmovil, en lo que coinciden Heraclito y Parmenides), generando la ilusion de cura (esa que Freud – secretamente para no perjudicar su carrera – despreció), ejemplificado en las tratamientos de la depresión (de la que, dicho sea de paso, disponemos de cantidad cle definiciones conformando diferentes objetos), que abarcan desde la intervención genética, pasando por la alteración de neurotransmisores, hipocampo, amígdala y corteza prefrontal (en donde las electroshocks han dado soluciones) sin advertir que en ningún momento rozamos la verdad de lo que afecta y es afectado, por siempre ajeno al juego de niños interesados.