El libro sin conclusión

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El libro sin conclusión

«Este libro tal vez solo sea entendido por aquellos que ya han pensado en los pensamientos que se expresan en él — o pensamientos similares. Por lo tanto no es un libro de texto. Su objetivo se alcanzaría si hubiera una persona que lo leyera con comprensión y a quien le diera placer.» … «Lo que se puede decir en absoluto, se puede decir claramente; y de lo cual no se puede hablar, de lo mismo uno debe permanecer en silencio.» (De «Tractatus Logico-Philosophicus», por Ludwig Wittgenstein).

Quizás los párrafos más bellos sean aquellos que parecen mostrar de manera evidente, al tiempo que ocultan sin dejar pistas, como si formaran una figura de polvo que se esfuma al primer intento de capturarla, como este enigma que Wittgenstein nos presenta, casi declarando cierta tautología en lo que podemos conocer (recordemos que Menón ya nos dijo que para conocer algo debemos primero identificarlo y para eso, poseer un conocimiento previo —y de ahí que el conocimiento sea una especie de olvido del olvido), reconociendo que su libro solo tiene sentido para aquellos que lo hubieran podido escribir previamente, aunque no se trata de aglutinar espejos —los espejos habitan en los textos en donde se suele buscar la duplicación de los propios pensamientos, definidos con claridad, proporcionando el placer de la familiaridad— sino casi de la comunión en una percepción del mundo indescriptible, que necesita sin embargo de un recorrido en principio juzgado como inútil (Wittgenstein nos dice expresamente que lo arrojemos bien lejos al momento de llegar al final), quizás similar al mecanismo por el cual están escritas las moradas de Santa Teresa o de cualquier Maestro espiritual (de ahí la confusión que provocan las enseñanzas para meditar, corriendo el riesgo de ocultar aquello que todavía no es bajo el fugaz éxito de haber conseguido una técnica — aunque aún por este mismo peligro no podemos descartarla), que siempre deberá tener preparado el juicio de «esto no es» al primer atisbo de logro, porque lo que transcurre a lo largo de las palabras y los párrafos es eso que no permite ser atrapado, como si al final del trayecto que en el mejor de los casos nos otorga la sensación de revelación, si nos fuera necesario explicarla, debiéramos recorrer nuevamente las innumerables páginas, sin ninguna conclusión.