

El manual y el aleph
«Ahora bien, nadie delibera sobre las cosas eternas, por ejemplo sobre el universo material o sobre la inconmensurabilidad de la diagonal y el lado de un cuadrado. Pero tampoco deliberamos sobre las cosas que implican movimiento, pero que siempre suceden de la misma manera, ya sea por necesidad, ya sea por naturaleza o por cualquier otra causa, por ejemplo, los solstícios y la salida de las estrellas. Ni de las cosas que suceden ahora de una manera, ahora de otra, por ejemplo las seguías y las lluvias; ni sobre los hechos fortuitos, como el hallazgo de un tesoro. Pero ni siquiera deliberamos sobre todos los asuntos humanos; por ejemplo, ningún espartano delibera sobre la mejor constitución de los escitas. Porque ninguna de estas cosas puede ser producida por nuestros propios esfuerzos. Porque naturaleza, necesidad y suerte se piensan como causas, y también la razón y todo lo que depende del hombre.» (De «Nicomachean Ethics» por Aristóteles)
Pensar es principalmente reducir y es justo aplicar el método que lo distingue a sí mismo — el riesgo de series infinitas, nos ayuda a definir una segunda característica, la de la delimitación de su área de aplicación — generando la oposición imprescindible (se piensa contra algo) entre lo que no puede y lo que puede ser modificado por nosotros, o mejor entre aquello que es fuente de cambio y lo que no lo es, obligándonos una vez más a trazar fronteras que siempre se nos presentan arbitrárias (las razones de los solsticios o de la salida de las estrellas, basadas en el geocentrismo y la perfección de los movimientos del cosmos gracias al primer moviente no movido, puede a los ojos de Aristóteles presentarse más allá del debate, aunque sabemos muy bien el estado de las discusiones unos pocos siglos después), adjudicando al pensar entonces poderes de modificación similares a aquellos que provocan el girar de los planetas como si nos fuera permitido (de más está decir que esta potestad está reservada solo a la humanidad) oponernos a lo que fuera eternamente decidido (si no asumimos, una divinidad estresada corrigiendo su creación instante a instante, debemos suponer que el primer impulso a la rueda llevaba impresos las subsecuentes miríadas de conos) torciendo un curso que paradójicamente siempre ya nos ha contemplado, dejando nuestra decisión en una dudosa libertad que edifica su ilusión en lo cercano (nos parece bastante más clara nuestra influencia en la provincia que habitamos, mayor cuanto más pequeña sea, hasta llegar a la más grande de las apariencias cuando suponemos las decisiones de nuestro yo), pero quizás — pensamos — no sea necesaria la permanente división por dos si podemos, por alguna gracia inesperada, hacer coincidir ese movimiento caótico del polvo de estrellas (para lo que deberíamos anunciar que Dios ha muerto) nuestras decisiones arbitrárias y la más inmutable de las leyes, reduciendo la ética — pero al mismo tiempo extendiéndola al infinito — a la letra del Manual, esta vez convertido en el aleph.