El movimiento de los cuerpos

Screenshot
Screenshot

El movimiento de los cuerpos

«Pero eso que es finito y tiene una existencia condicionada, no puede ser producido por la naturaleza absoluta de algún atributo de Dios; porque cualquier cosa que siga de la naturaleza absoluta de algún atributo de Dios es infinito y eterno (por Prop XI). Debe entonces seguir desde algún atributo de Dios, en tanto como el mencionado atributo sea considerado en alguna forma modificado.»…”Nuevamente, esta causa o esta modificación (por la razón por la que establecimos la primera parte de esta prueba) debe a su vez ser condicionada por otra causa, que también es finita, y tiene una existencia condicionada y otra vez, esta última por otra (por la misma razón); y así siguiendo (por la misma razón) al infinito. QED”. (De “Ethics”, por Spinoza)

«Entonces María prorrumpió en una Canción! Ella fluyó como un Río en los brazos de José y ofreció sus lágrimas de gozo.» (De “Jerusalem” por W. Blake)

«Armoniza con ellos por medio de las Transiciones Celestiales, sigue a lo largo con ellos en sus desbordamientos ilimitados, y serás capaz de vivir plenamente tus años — olvidando cada año, olvidando lo que debería o no debería, dejándote sacudir y estremecerte por lo ilimitado!» (Zhuangzi)

Las imágenes de sus bailarines con sus voces en off (película “Pina” de W. Wenders) presagian la necesidad de adivinar señales sin palabras, absortos no solo en los cuerpos, que son solo distintas ondulaciones de lo mismo, equiparables al agua que salpica o a la tierra que mancha o a las sillas que se van corriendo para el paso de quien no ve pero percibe con una sensibilidad que al mismo tiempo que se persigue («sigue buscando» es uno de los mantras que Pina deja a su paso, como un verdadero maestro Zen) debe librarse a la gracia (Pina trabajaba frenéticamente, como solo la certeza de algo que se ha entrevisto y esfumado, puede provocar), abriendo canales con las secuencias de gestos maravillosos y repetidos, a la vez vacíos y plenos de sentido, tratando de eludir los reflejos que esterilizan (en “Borges y Yo” lo que estremece es esa condena a la fuga perpetua para lograr cuotas imposibles de espontaneidad), intentando plegarse a la onda que todo lo gobierna en el albur de evitar intermediarios que diluyen el esplendor de lo uno, reconectando el Arriba y el Abajo, esfuerzo que al fin del día equipara toda actividad con el Arte, incluyendo por supuesto el more geométrico de Spinoza que logra el pegamento que une lo Uno con el bamboleo de la nave de la existencia — y lo hace con independencia de futuros «hallazgos» (como lo han sido la constante cosmológica, la conservación de la energía, el límite de la velocidad de la luz, o las leyes capaces de presentar una volatilidad detectada en conos) — recomendando silenciosamente advertir en los signos la necesidad absolutamente desplegada que los gobierna, transformando su catedral de axiomas y proposiciones en unas originales moradas, sin el orden de Santa Teresa que implicaría un método para capturar lo inefable, pero inesperadamente similares a la experiencia mística en las lágrimas de María, a las emociones que mueven los cuerpos o al olvido que despeja el Camino.