

El movimiento infinito
«Lo que es terrible no es lo mismo para todos los hombres.»…»Las cosas terribles que no están más allá de la fuerza humana difieren en magnitud y grado y por lo tanto también lo hacen las cosas que inspiran confianza.» «… él las enfrentará (las cosas terribles) como el debería y como direcciona la regla, en virtud del honor; porque este es el fin de la virtud.”…»La pasión también se cuenta a veces como valor; se cree que son valientes los que actúan por pasión, como bestias salvajes que se lanzan sobre los que los han herido…”…»Por lo tanto, no son valientes porque, impulsados por el dolor y la pasión, se lanzan al peligro sin medir ningún riesgo.”…»Los hombres pues, así como las bestias, sufren dolores cuando se enojan y se complacen cuando se vengan: los que luchan por estas causas, sin embargo, son belicosos pero no valientes; porque no obran por honra ni como manda la regla.» (De “Nicomachean Ethics” por Aristóteles)
No ha habido pocos esfuerzos en la historia para definir lo que fundamentalmente significa ser humano, pagando un precio — como siempre — según las características de cada intento (podemos caer en esencialismos que nos pedirán luego que seamos consecuentes y apliquemos las mismas reglas en lugares en los que nos repugnaría hacerlo o abogar por una continuidad de criterios que hace indistinguible una roca de Da Vinci, que nos arroja a una infinita complejidad moral y legal, etc.) al que sin embargo, no estamos autorizados a renunciar (acto que sería equivalente a abdicar de la vida) y que, a diferencia de soportarlo como una carga, preferimos considerarlo en regocijo, deleitándonos en esta propuesta aristotélica que lleva su clave en nuestra diferencia con los animales, imposibilitados de la virtud por no contar con el escollo que representa nuestro intelecto, el único capaz de frenar un flujo caótico de reacciones químicas (las reacciones al dolor y al placer son fácilmente reducibles a combinaciones de valencias) – recordemos aquí a Bergson que, como muchos otros, reconoce al entendimiento como el obstáculo de esa duración indiferente al tiempo e inconmovible con ningún principio lógico, por no hablar de su negativa intervención en la realidad aparente y el sufrimiento budista, que propende a su lisa y llana eliminación, paralizando lo que en realidad no puede ser interrumpido y provocando — y aquí aparece la genialidad que nos conmueve — ese retraso que nos permite flotar sobre la física y habitar ese instante único en el que el coraje es uno con la cobardía, porque el uno sin ser lo mismo con el otro, es solo pasión sin mérito, impulso ciego y reflejo, exorcizado solamente en virtud de esa mágica demora que parece reivindicar lo que parecía un paso atrás en la evolución (¿cómo definiríamos a lo que según Bergson congela a la vida?), dándole el brillo de ese paso de danza que consiste en moverse infinitamente sin salir de su lugar.