El mundo desde afuera

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El mundo desde afuera

«La filosofía limita la esfera en discusión de las ciencias naturales. Debería limitar lo pensable y, por lo tanto, lo impensable. Debería limitar lo impensable desde dentro a través de lo pensable.» … «Las proposiciones pueden representar toda la realidad, pero no pueden representar lo que deben tener en común con la realidad para poder representarla: la forma lógica. Para poder representar la forma lógica, deberíamos tener que ser capaces de ponernos con las proposiciones fuera de la lógica, que está fuera del mundo.» (De «Tractatus Logico-Philosophicus», de Ludwig Wittgenstein)

La filosofía parece estar en un borde peligroso e inestable, sujeta a golpes por todos los flancos, mientras que la ciencia habita un ámbito estable (al menos en las variadas mesetas que forman los paradigmas, inefables en su aparición) en el que comunidades enteras (más allá de disputas que no pueden ser aisladas en momentos definidos y que se despliegan de todas maneras con cierto equilibrio) comparten la combinación lenguaje/mundo, desentendiéndose de especulaciones más allá de su esfera —lo que explicaría también su provincianismo elevado a universalidad por sus acólitos—, que se desechan direccionándola a la filosofía que desprecian (quizás como defensa de aquello que la amenaza), casi reprimida a la manera de lo que está en la base del síntoma y que también sufre igualmente de desplazamientos pero nunca de cura, metamorfoseándose una y otra vez sin lograr su dominio, quizás y justamente por habitar ese lugar en el que lo inútil y lo útil se solapan sin posibilidad de inclinación, pasando de uno a otro sin solución de continuidad, porque a la vez que está adentro de los límites, pretende señalar el afuera, ensayando siempre un vocabulario imposible (¿no nos alejamos sistemáticamente de lo abstruso de los escritos de Heidegger y de Wittgenstein mismo?¿no reciben siempre la misma conminación a «hablar bien»?¿no ha sido inclusive un intento de Wittgenstein mismo el condenarla al rol de correctora del empleo de los símbolos?), sujeto siempre a exégesis interminables (es habitual el descubrir como un error la diferencia entre los «viejos» y «nuevos» libros de los filósofos), que quizás no sean otra cosa que la consecuencia de gastar inevitables ríos de tinta para escaparnos del universo y asistir al espectáculo único e inverosímil de verlo desde afuera.