

El orden y su ausencia
«Intento demorarme en este punto extensamente, parte para mantener una distinción tan necesario ante la mente del lector, y también porque hay quienes dudan de ideas verdaderas, por no haber atendido a la distinción entre una percepción verdadera y todas las demás. Tales personas son como hombres que, mientras están despiertos, no dudan que están despiertos, pero después en un sueño, como siempre pasa, pensando que están seguramente despiertos, y luego encontrando que estaban en un error, dudan aún de estar despiertos. Este estado mental surge por negligir la distinción entre el sueño y la vigilia.» (De “On the Improving of the Understanding”, Spinoza)
«Los Siete Ángeles de la Presencia lloraron sobre la sombra de Milton, Así como cuando un hombre sueña, no reflexiona que su cuerpo duerme, pues de lo contrario despertaría; así parecía él entrando en su Sombra/ pero con él los Espíritus de los Siete Ángeles de la Presencia entraban; ellos le daban aún percepciones de su cuerpo durmiente.» (The Complete Illuminated Books, W. Blake)
«Una vez Zhuang Zhou soñó que era una mariposa, revoloteando alegremente como lo haría una mariposa… De repente despertó y allí estaba el sorprendido Zhuang Zhou en persona. No sabía si Zhou había estado soñando que era una mariposa, o si una mariposa ahora soñaba que era Zhou.» (ZhuangZi)
El dilema que se le presenta a Ishii en su negocio de representaciones (Family Romance, LLC, película de W. Herzog) — filmado casi como un documental, pleno de performatividad — excede a su propio propósito, confesando que la supuesta usurpación de la identidad de un padre ha ido demasiado lejos, enmarcando así el problema del trazado de ese límite, que no solo abarca la ilusión de Mahiro, su supuesta hija, sino de una serie casi universal de la que se extraen unos pocos ejemplos (la ganadora de la lotería, un funeral, una aspirante a celebridad, etc.), evidenciando la borrosa frontera de una “Maya” cuya omnipresencia desarma toda aspiración de autenticidad disyuntiva central para los filósofos (sin ir muy lejos, Descartes lidiando con su genio maligno, poniendo en duda todo como si cada cosa fueran espejismos hechos de cara pero frenando en su pensamiento, ajeno a la incertidumbre solo por su propio decreto) de la que no puede escapar Spinoza para iniciar su edificio geométrico, enredado en un curioso argumento que va de la vigilia al sueño para volver a la vigilia pero, otra vez, refrenando el abismo que se le avecina, como una tormenta de arena en el horizonte que trae una carga formidable de inversiones que quizás precise de cierto coraje, a sabiendas de que una vez en ese vórtice, ya nada será lo que era, y sin embargo — el mismo Spinoza expele la advertencia en su diatriba feroz contra los escépticos — no hay escape al sueño del sueño del sueño, condenando a la duda a cualquier despertar y convirtiendo en héroes trágicos a todos los que a pesar de tanta evidencia se empeñan en la demostración de un orden o en su ausencia.