

El paso de la iluminación
”Somos ignorantes, es verdad, de la manera en la cual las cargas operan unos con otros; su fuerza o energía es enteramente incomprensible. Pero no somos igualmente ignorantes de la manera o fuerza por la que una mente, aún la mente suprema, opera sobre sí misma o sobre un cuerpo?”…”deberíamos ser conducidos en el principio de negar toda energía en el Ser Supremo tanto como en la materia más grosera. Seguramente comprendemos tan poco las operaciones de uno como del otro.”…”Todo lo que sabemos es nuestra profunda ignorancia en ambos casos.” (De «An Enquiry Concerning Human Understanding», por D. Hume).
»La llamada intuición me merece escasa confianza en esta clase de trabajos: lo que de ella he visto me ha parecido más bien el resultado de cierta imparcialidad del intelecto. Pero sucede que, desgraciadamente, pocas veces se es imparcial cuando se trata de últimas causas, de los grandes problemas de la ciencia y la vida». (De «Más allá del principio de placer», por S. Freud).
Es por lo menos maravilloso ver a Freud recorrer el mito de los tres sexos de Platón, junto con Schopenhauer y Goethe, para encontrar alguna clave que pueda explicar su sorprendente revelación de un instinto de muerte que renueva la distribución de polaridades de su teoría (orgullosamente dualista frente al monismo de Jung), más después de confesar el inevitable desvío al que cada intento está destinado, invistiendo de una valentía no habitual a su emprendimiento que de todas maneras pretende incluir como disciplina científica, a sabiendas que su confesión no puede ser compartida en los alardes de objetividad que la ciencia no puede, estructuralmente, dejar de lado, a pesar que a la hora de entender lo más importante se muestra desarmada (aunque con disfraces y distracciones para ocultarlo), demostrado con gran simpleza por Hume, que también recorre con su prosa emocionante a Newton y a los ocasionalistas, ligando de un golpe las bolas de billar con los movimientos encadenados para mover un brazo – la diferencia mínima consistente en algoritmos que nada entienden en su predicción de un futuro probable — preanunciando la pregunta vigente acerca de la consciencia que la IA puede reclamar para sí, si es que ni siquiera podemos rebatir en absoluto, que es Dios el que a cada mínimo paso produce los efectos ajenos a sus causas, que resulta en una labilidad de contigüidad, similitud y causalidad que excede la idea saussuriana, porque la marea no se ve solo por debajo de los significantes, sino que se acerca más a una avalancha de jeroglíficos que mezcla impresiones con letras, ideas con imágenes, en un intercambio frenético que puede aspirar a la creación de un anclaje definitivo, siempre al servicio de algún dominio, o al vagabundeo con demora, como si cada idea fuera a la vez una iluminación única y un paso que se esfuma.